domingo, 20 de julio de 2025

Última ronda

Llovía como si el cielo no tuviera ganas de detenerse. En una esquina olvidada del centro, el bar “La Frontera” abría hasta tarde para los que ya no esperaban nada del día. Era un sitio pequeño, con luces bajas y olor a trago derramado. Detrás de la barra, Marcos secaba vasos sin apuro, como si con eso pudiera alargar las horas.


A las dos de la mañana, cuando el ambiente era solo música suave y mesas vacías, entró ella.


Lucía.

Así se había presentado la primera vez que cruzó la puerta semanas atrás, vestida de rojo, con los labios a juego y una mirada que parecía pedir disculpas por adelantado. Esa noche no llevaba nada de eso, solo una chaqueta de cuero mojada, maquillaje corrido y una expresión que no buscaba llamar la atención. Pero la llamó.


Se sentó en la barra sin mirar a nadie.


—Un vodka doble —dijo, arrastrando las palabras.

Marcos le sirvió sin decir nada. No preguntó si estaba bien, porque sabía que la pregunta podía romper algo que aún no debía tocarse.


—¿Problemas? —se atrevió después de la segunda copa.

Ella se rió, sin alegría.

—¿Tú qué crees? Me dejó. Dijo que no podía seguir saliendo con "una como yo". Como si recién ahora se diera cuenta.

—Era un imbécil, entonces.

—Todos lo son. —Hizo una pausa—. ¿Y tú? ¿Eres imbécil también?


Marcos la miró, sin saber si la pregunta era una provocación o un escudo. Quizás las dos cosas.


—Tal vez —dijo, y le sirvió otra ronda.


Pasaron las horas. Ella hablaba y bebía, él escuchaba y asentía. Entre confesiones borrosas, risas que dolían y silencios que pesaban más que las palabras, se tejió una intimidad rara, hecha de abandono y vasos vacíos.


Cuando cerró el bar, ella seguía allí, tambaleándose al ponerse de pie.


—No quiero ir sola —susurró.

—¿A dónde?

—A ningún lado. Solo... no quiero estar sola.


Marcos no respondió. Cerró la puerta, la sostuvo del brazo y la acompañó a su cuarto, arriba del bar. Era un espacio pequeño, con cama deshecha y olor a cigarrillos fríos. Lucía se dejó caer sobre el colchón como si no pesara nada.


—¿Estás segura? —preguntó él, con la voz grave, cargada de dudas.

Ella lo miró, y por un momento pareció sobria.

—No. Pero no me detengas.


El resto fue silencio y tacto. No hubo pasión, ni promesas, ni redención. Solo dos cuerpos buscando calor donde no había más esperanza, dos naufragios abrazados en la misma tormenta.


Al amanecer, ella dormía envuelta en una sábana, y él fumaba en la ventana, viendo cómo la lluvia por fin había cedido.


Sabía que cuando despertara, nada cambiaría. Pero por esa noche, al menos, el mundo había sido un poco menos cruel para ambos.

TU NOMBRE EN LA LLUVIA

He escrito tu nombre en el humo de las fábricas,

en las alas del tren que se aleja sin mí,

en los cristales rotos de los días que no tuvimos.


Tu nombre es una ciudad que no figura en los mapas,

una flor que sólo crece en la saliva de los que recuerdan,

una antorcha que ilumina

la sombra que yo soy cuando no estás.


Oh, amada mía,

tus ojos no miran:

construyen.


Tu voz sube las escaleras de mi sangre

como una revolución nocturna,

como un ejército de suspiros

que arrasa los relojes y las leyes.


A veces, el mundo se parece a tus labios:

rojo, incierto,

peligrosamente hermoso.


Y yo,

que no tengo más patria que tu espalda desnuda,

ni más fe que el temblor de tus dedos,

te escribo en el muro secreto del aire,

te repito en la garganta de cada poema,

te invento otra vez

para no perderte

Carnicería de alma en cuatro actos y medio

I. El cuerpo como prisión de la idea


He amanecido con gusanos en la lengua.

Gusanos de pensamiento. Gusanos que se arrastran como letras rotas por la comisura de mi boca enferma.


No quiero palabras.

Quiero heridas que hablen.

Cada sílaba que digo me devora la tráquea, como si el idioma fuera una soga hecha de vísceras.

¿Dónde está el alma?

¿En la sangre?

¿En el pus que brota cuando pronuncio "yo"?

¿O acaso en ese lugar entre las costillas donde late un corazón que ya no quiere pertenecer al cuerpo?


Estoy hecho de carne, pero no habito en ella.

El cuerpo me fue impuesto como un castigo.

Una arquitectura enferma, condenada a sentir.

A descomponerse mientras ríe.


II. El teatro de los huesos


Me desnudaron en una sala blanca.

Fría.

Llena de cuchillos disfrazados de doctores.

Querían abrirme el cráneo para buscar "la causa del grito".


Pero el grito no tiene causa.

El grito es el mundo.

Todo el universo gime, desgarrado desde la matriz de Dios, si es que ese bastardo existe.


Intentaron anestesiarme con religión, con cultura, con poesía de biblioteca.

¡No quiero cultura!

Quiero llamas.

Quiero la escena viva, sangrante, el cuerpo sobre la tarima devorándose a sí mismo ante el público ciego.


Me puse en pie, con los ojos en llamas, y vomité sobre el suelo una plegaria hecha con dientes.

"Si no puedo destruir este cuerpo, destruiré el lenguaje que lo contiene."


III. Dios es un feto muerto en una silla eléctrica


Lo vi.

Estaba sentado.

En una silla eléctrica de oro, babeando letanías.


Tenía los ojos reventados de vernos.

La piel descascarada como un lienzo podrido.

Y en sus oídos, agujas de oración lo mantenían dormido.


Yo le escupí un trueno.

Le grité con todo el esófago:

"¡Despierta, cerdo celeste!

Tu creación hiede."

Pero no me oyó.

O peor aún, me oyó y sonrió.


Ahí comprendí que el infierno no está abajo, ni en los muertos.

Está en el silencio de Dios cuando te mira y no hace nada.


IV. Renacer por la herida


Me rajé el vientre con una cuchara oxidada.

De allí no salió sangre.

Salió un cuervo.

Un cuervo con las alas hechas de texto, graznando palabras que no existen.


Yo lo dejé volar.

Y con él, se fue mi nombre.


Ya no me llamo como antes.

Ahora soy una úlcera andante.

Un poema en carne viva.

Un aullido.

Una invocación que solo puede ser comprendida por los cuerpos que han sido traicionados por su piel.


½. Epílogo para los que aún respiran


Si estás leyendo esto,

si tus dedos aún no se han convertido en raíces,

si tu lengua aún no ha sido vendada por la lógica,


vomita.


Sí,

vomita todo lo que te han dicho.

Toda palabra que no sangre, es mentira.

Todo pensamiento que no duela, es cárcel.

Y todo teatro que no escupa sobre su público,

es solo misa disfrazada de arte.


¿Quieres que lo lleve aún más lejos, hacia lo onírico, lo esotérico o lo absolutamente caótico? ¿O prefieres que escriba una versión para teatro, como si fuera una pieza escénica del Teatro de la Crueldad?

sábado, 19 de julio de 2025

El Barro También Llora

 Y entonces fue cuando me caí, así, de boca, como un perro apaleado, sin fuerza ni orgullo ni hambre siquiera, que ya es decir, y me quedé ahí, en medio del barro, el barro que me chupaba los huesos como si supiera algo que yo no, como si estuviera vivo, ese barro sucio, inmundo, más limpio que mi conciencia igual, eso sí, y me reí, me reí fuerte, porque no me quedaba otra, porque la dignidad ya se me había ido con las últimas monedas y los gritos de la patrona la noche anterior, que si esto que si lo otro que si la vida no era para estúpidos, y claro que no lo era, tenía razón la bruja, pero igual seguíamos todos, como estúpidos, más estúpidos que las ratas que huyen del barco, porque nosotros nos quedábamos, sí, nos quedábamos, hundiéndonos, saludando, llorando, y me dolía la pierna pero no quería levantarme, no, porque arriba era peor, arriba estaban los hombres, los de verdad, con sus relojes y sus discursos y sus trajes de hambre, y yo qué iba a decirles, ¿que también soñaba?, ja, como si eso valiera algo, ¡soñar!, qué palabra de mierda, más hueca que el estómago de un huérfano, y vino un chico a mirarme, uno con los ojos como platos, sin miedo, claro, aún no sabía nada, y me dijo "¿estás bien?", y qué iba a decirle, si bien no estaba nadie, ni él, ni yo, ni el mundo, pero le dije que sí, por no matarle el día, y me levanté, con el barro colgándome como un pecado tibio, como si dijera "te acompaño", y seguí, cojeando, riéndome otra vez, por dentro, porque eso es todo lo que queda: una risa torcida que nadie escucha, pero te mantiene vivo, justo al borde, justo ahí.

El cenicero todavía humea

 te fuiste

sin cerrar la puerta,

dejando el aire lleno de tu perfume barato

y mi cabeza llena de mierda.


he bebido

todo lo que quedaba en la botella,

ni siquiera por olvido —

sólo para no escuchar

cómo tus pasos se alejaban en mi mente.


eras tan buena mintiendo

que hasta el espejo te creía.

yo no,

pero igual me quedé,

porque a veces es mejor el infierno

que la soledad del silencio.


tres años,

dos gatos,

una planta muerta,

y miles de peleas sobre nada.


te amé como se ama lo que duele,

como se rasca una herida

hasta sangrar.

pero ni así quisiste quedarte.

ni así me diste algo real.


ahora sólo queda este cenicero humeando,

el humo sube lento,

como una señal que nadie va a ver,

como este poema

que tampoco vas a leer.

Te fuiste y no rompiste nada

te fuiste sin portazo,

sin drama,

sin esa escena de llanto que uno

aprende a esperar como un imbécil.


solo dijiste

“cuídate”

como si me estuvieras dejando al gato

y no al amor

—si es que eso fue alguna vez amor.


me quedé ahí

con la cerveza tibia

el cenicero lleno

y tu olor pegado en el sofá

como un fantasma sin ganas.


no lloré.

no grité.

solo encendí otro cigarro

y me rasqué los huevos

pensando en la última vez que reíste de verdad.


una parte de mí quería correr tras vos.

otra parte, la más honesta,

solo quería volver a la cama

y no levantarme nunca más

a menos que fuera para mear o escribir.


el amor se va así,

como una resaca lenta,

como una canción que ya no escuchás

pero seguís tarareando sin darte cuenta.


no me dejaste roto,

me dejaste igual.

y eso, querida,

es todavía más triste. 

Los jueves con ella

 Había algo en ella que siempre olía a mentira, pero era una mentira que me gustaba. Como esas películas malas que sabés que son malas pero igual las mirás hasta el final con una cerveza caliente en la mano y las luces apagadas.


Se llamaba Clara. Llegaba los jueves. Siempre los jueves. Como si fuera una rutina médica o una condena suave. Aparecía a eso de las siete con una botella de vino y un cigarro entre los labios. Nunca traía equipaje, pero dejaba su perfume pegado en la almohada como si fuera una nota escrita a mano.


Hacíamos el amor como si quisiéramos olvidarnos de todos los amores anteriores. Y cuando terminábamos, ella se quedaba mirando el techo y fumaba en silencio. Yo intentaba decir algo, pero siempre sonaba estúpido. Clara tenía esa forma de callar que te hacía sentir que habías perdido una guerra sin pelearla.


Una noche me dijo:

—Esto no es amor, Gabriel.

Le dije:

—Lo sé. Pero es lo más cerca que he estado.


Se rió. Esa risa... Dios. Esa risa era como si alguien hubiera encendido un cigarro en mitad de un funeral.


Después dejó de venir los jueves. Ni los viernes. Ni nunca.


Llamé una vez.

—No hagás esto —le dije.

—Ya lo hice —respondió, y colgó.


Y así quedó todo.

El colchón hundido de su lado.

La botella vacía en la cocina.

Un pelo suyo en el lavabo.

Un gato que no era nuestro pero se sentaba donde ella se sentaba.


Volví a escribir. No por inspiración, sino por no volverme loco.

Escribí cosas horribles. Cosas que ni yo quería leer.

Pero seguí.


Porque el desamor, al final, no te mata.

Solo te deja vivo el tiempo suficiente como para escribir sobre él.

Bajo un sueño de marmol

  Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros, pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esquel...