martes, 29 de septiembre de 2026

Te amo a pesar de todo

 Te amo a pesar de todo, carajo


Te amo.

Y no sé por qué.

No debería.

No es lógico, ni justo, ni sano.

Pero te amo.


Te amo con los dientes apretados,

con los ojos cerrados,

como quien se lanza a un pozo sabiendo que no hay agua.

Te amo con miedo, con rabia, con nostalgia,

con ganas de mandarte al demonio

y quedarme ahí contigo.


Te amo con mis manos sucias de tanto buscarte

en la cama vacía,

en los platos que lavas,

en las palabras que no dijiste.


Hay días en que me hartas.

Te juro.

Te quiero lejos, ausente, olvidada.

Y justo cuando creo que ya,

que te estoy sacando del pecho,

apareces

con cualquier tontería,

con una risa, con un silencio

y otra vez

me jodes.


Te amo con esa clase de amor

que no se parece a nada,

que no sirve para los poemas,

pero que existe,

que respira,

que se queda.


Porque a ti no te amo como en las canciones.

Te amo como en la vida:

con los errores,

con los lunes por la mañana,

con los recibos sin pagar,

con este corazón cansado

pero terco

como un burro.


Te amo sin promesas.

Sin poesía.

Sin futuro.

Pero con toda mi alma.

Y eso, créeme,

es mucho decir.

lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo un sueño de marmol

 Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros,

pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esqueletos de gigantes prehistóricos, sostienen urnas naufragadas de muertos anónimos que gritan sin boca.

Una radio se queja a lo lejos, su lamento se enrosca como serpiente en la garganta del viento. Millones de esperanzas se derrumban a la vez, caen del vacío agrio de colchones amarillentos donde alguna vez germinaron semillas, flores, sol y aire fresco, ahora todo fermenta en un cuerpo podrido.

Las voces se transforman en hojarasca, ardiendo en el fuego del silencio, para renacer otra vez en el mismo silencio.

Los ojos, como cera blanda, se derriten y ruedan por el suelo, dejando espacio para la oscuridad que no pide permiso, que lo invade todo, que se ríe de los vivos y los muertos,

Y LOS TRAGA SIN DEJAR RASTRO.

Bajo un cielo de mármol que grita con voz de piedra, pájaros de zinc perforan el aire, cortando carne invisible. Los árboles son esqueletos que se retuercen, sus urnas naufragadas gimen en el viento, los muertos anónimos se revuelven dentro de su propio polvo.

Una radio vomita quejas a lo lejos, y cada queja es un puñal que atraviesa millones de esperanzas, que se desploman del vacío ácido de colchones amarillentos, donde el sol, las semillas y la flor se pudrieron en un mismo cuerpo.

Las voces se incendian como hojarasca en el incendio del silencio, y del fuego surge otro silencio, más pesado, más devorador.

Los ojos como cera se derriten, se mezclan con la tierra, la oscuridad los traga, los retuerce, los convierte en ríos de sombra.

Todo vibra, todo sangra, todo ruge: el aire es un látigo, el suelo una lengua que mastica los cuerpos, el cielo un cráneo que llueve vidrio.

Y yo grito dentro de mí, pero mi grito es devorado, triturado, y lo que queda es un delirio sin forma que arrastra los huesos, las voces, los ojos y los vomita otra vez en el mundo, un mundo que no sabe si está vivo o muerto,

Y A NADIE LE IMPORTA.

Cielo de mármol. Pájaros de zinc que cortan dientes del aire. Árboles—esqueletos—urnas hundidas en gritos secos. Muertos anónimos que se revuelven como larvas en polvo viejo.

Radio vomita quejas. Quejas que atraviesan millones de esperanzas. Colchones amarillentos, agrio vacío, sol podrido, semillas rotas, aire enmohecido, todo fermenta, todo se pudre, todo golpea.

Voces: hojarasca en el incendio del silencio. Silencio: fuego que muerde, que mastica, que nace otra vez.

Ojos de cera, derretidos, ruedan, se confunden con sombras, oscuridad que devora, que se ríe de todo, que tritura las venas del mundo.

El suelo respira con lengua de látigo. El cielo llueve vidrio. Los cuerpos tiemblan, se parten, se disuelven.

Yo grito. Mi grito: triturado. Mi boca: un pozo donde caen voces, huesos, lágrimas secas, y salen otra vez, mezclados, vomitados, mientras el aire me corta la garganta.

Todo es fragmento. Todo sangra. Todo ruge. El mundo se quiebra. Los muertos y los vivos se confunden y nadie sabe dónde empieza la carne y dónde termina el sueño.

Yo existo en el delirio, un delirio que golpea, que aplasta, un delirio que arrastra todo y no deja nada.

Azogue

ella me olvidó.

así de simple.

como se olvida un vaso en el fregadero, una camisa vieja al fondo del armario, una llamada que nunca se devuelve.

me olvidó.

yo sigo aquí, en esta cocina que huele a humo frío y a café recalentado, mirando cómo el cigarro se consume más despacio que yo.

la ceniza cae como caen ciertas cosas: sin drama, sin música, sin que nadie se levante a impedirlo.

bebo. no porque ayude. nada ayuda. pero el alcohol por lo menos pone una sábana sucia encima de los recuerdos.

a veces la memoria llega como un cuchillo sin filo: no corta, raspa.

su risa en la puerta. sus piernas cruzadas en el borde de la cama. esa manera de mirarme como si todavía hubiera algo salvable en mí.

y después, nada.

solo el metal frío contra la piel, solo esa vieja costumbre de buscar dolor para tapar otro dolor.

la sangre sale sin hacer preguntas.

roja, honesta, más honesta que nosotros.

corre despacio por el brazo como si también ella quisiera recordar por dónde se fue todo lo que importaba.

ella me olvidó.

y cada hora es un cuarto vacío donde entro solo, me siento, fumo otro cigarro y espero como esperan los idiotas:

sin aprender nunca que algunas personas se van y no dejan ni siquiera la cortesía 

de un fantasma. 

miércoles, 8 de julio de 2026

Anne 2

 Ane tenía la piel suave, sí, pero no como dicen en los poemas baratos,

sino como algo que no debería estar en ese sitio.

demasiado limpia para aquellas paredes demasiado viva para tanta pastilla.

la conocí en psiquiatría, claro, dónde si no.

yo estaba hecho polvo, ella también, y eso fue suficiente.

se sentó a mi lado sin pedir permiso, como si ya nos hubiéramos roto juntos antes.

traía una bolsita ridícula, de esas que parecen inofensivas, con sudokus, mandalas y rotuladores de colores como si colorear pudiera arreglar algo.

tenía 22 años y una tristeza vieja, de esas que no deberían caber en un cuerpo tan joven.

hablaba poco, pero cuando lo hacía se notaba el abismo.

sus manos marcadas, sus ideas peor.

yo tampoco estaba para dar lecciones: brazos abiertos en canal, ruido en la cabeza, cosas que no se iban ni durmiendo.

y aun así nos sentábamos a pintar mandalas como dos idiotas intentando ordenar el caos con círculos.

yo recitaba mierda que escribía, ella escuchaba como si importara.

íbamos hasta arriba de pastillas, lentos, torcidos, pero en algún punto coincidíamos.

y eso era suficiente.

no era amor, ni salvación, ni ninguna de esas palabras grandes.

era compañía en el sitio equivocado en el momento exacto.

Ane, donde sea que estés,

espero que sigas respirando, aunque sea por inercia.

y que no te hayas perdido del todo.

me dijiste que no lo harías.

yo, por si acaso, todavía me acuerdo.

sábado, 4 de julio de 2026

Poema II

 Te vi,

la luz rota en la ventana,

el humo colgado en el aire,

y algo en vos que no pedía palabras.


No hubo promesas,

ni grandes gestos,

solo el roce breve

de tu mano en la mía,

y la urgencia de no dejarte ir.


Amar a veces es eso:

un trago amargo,

un silencio que quema,

y la certeza de que, aunque duela,

quiero estar aquí,

a tu lado, sin máscaras ni cuentos.


Porque en esta vida rara,

Vos sos la única verdad

que no quiero perder.

lunes, 22 de junio de 2026

Anne

 Ella me abrió con una mirada de vidrios recién nacidos del estallido,

con una mirada de cirios que arden dentro del hueso y dejan caer su cera sobre el pensamiento hasta volverlo un animal de humo.

No me mira: me atraviesa.

Su pupila no es pupila, es una navaja suspendida en el aire, una puerta giratoria por donde entra el incendio con sus zapatos de enfermera y sus dientes de amapola.

Cuando me roza mi cuerpo abdica de su costumbre. Me vuelvo sal en su saliva, azúcar arrojado a un vaso de noche, una sustancia sin defensa que se deshace agradecida en el pequeño matadero de su boca.

Ella me toca como si tocara un piano construido con mis nervios.

Tecla por tecla, vértebra por vértebra, me afina el espanto, me ordena la fiebre, me hace sonar como una habitación vacía donde alguien dejó llorando un concierto.

Dulce, sí, pero con la dulzura de las arañas que bordan su trampa con hilos de luna y paciencia.

Apoya sobre mi hombro su cabeza de nube decapitada, su cabeza de vapor y relámpago, y entonces comienza el oficio:

me cepilla el alma a contrapelo, arranca virutas de mi carne, enciende con ellas una hoguera, y nos arroja dentro como quien alimenta un dios hambriento con dos cuerpos prestados.

Ella no entra en una habitación: la derrumba.

Llega como una ola que olvidó su mar y eligió el parquet. Como un desprendimiento de rocas sobre la mesa del desayuno. Como el sol cuando decide incendiar la llanura y dejarla temblando de luz.

Es un meteorito que cae sobre la cabaña del hábito. Un avión de fiebre que se estrella contra la flor domesticada de mis costumbres.

Desde que ella existe, el mundo perdió el enfoque.

Las calles son fotografías húmedas, los relojes son peces clavados en la pared, la ciudad es un decorado de cartón que alguien olvidó retirar después del último sueño.

Solo ella tiene nitidez.

Ella y sus brazos de serpiente litúrgica, que no abrazan: consagran.

Ella y su voz líquida, que no habla: destila.

Ella y esa nariz de aluminio lunar, afilada como la proa de un barco que atraviesa mi pecho.

Sus labios: mercurio en estado de ternura, dos heridas pulidas donde el deseo aprende a pronunciarse.

Su lengua no besa: dirige una orquesta de catástrofes.

A veces Beethoven se rompe contra mis costillas. A veces Borodin abre de un tajo las estepas del sueño y deja galopando por mi garganta a todos los príncipes muertos.

Su cuello es un maniquí perfumado por el crimen vegetal del cannabis, una columna de humo donde mi boca quisiera colgar su cansancio.

Sus pechos: primavera armada, panoplia de leche y relámpago, dos frutos que conocen la ciencia de la gravedad mejor que Newton y peor que Dios.

Ella: cisne con bisturí, gladiolo insurrecto, pradera que piensa.

Ella: kilómetros de espejo donde mi rostro se multiplica hasta volverse irreconocible.

Ella: aire que incendia, tierra que flota, fuego que respira.

Libre como la luz cuando rompe un vitral, como la espuma cuando se niega a obedecer al mar.

Es cerilla y gasolina. Escalpelo y pétalo. Algodón y herida.

Y yo, cada vez que ella me ama, siento que alguien encuentra por fin las piezas dispersas de este rompecabezas de hueso.

Ella me arma con una paciencia feroz, me ensambla los órganos del deseo, me devuelve un rostro que yo no sabía que tenía.

Pero cuando se cansa, cuando la tormenta se retira sin pedir disculpas,

me desarma.

Y deja mis pedazos sobre el colchón, brillando todavía, como restos de un naufragio que se niega a dejar de arder.

Te amo a pesar de todo

 Te amo a pesar de todo, carajo Te amo. Y no sé por qué. No debería. No es lógico, ni justo, ni sano. Pero te amo. Te amo con los dientes ap...