domingo, 4 de octubre de 2026

Mi Chica

 

MI CHICA

mi chica no cree en los poetas.

dice que todos terminan borrachos o hablando demasiado.

yo le digo que probablemente tiene razón.

ella se ríe y sigue cortando cebollas en la cocina.

mi chica tiene esa manera de mirarme cuando vuelvo tarde, como si quisiera matarme y besarme al mismo tiempo.

a veces peleamos por cosas pequeñas:

el dinero, los platos sucios, mis cigarrillos, sus llamadas a medianoche.

otras veces peleamos por cosas enormes que ninguno de los dos se atreve a nombrar.

entonces salgo a caminar por la avenida con las manos en los bolsillos y la certeza de que soy un imbécil.

compro dos cervezas.

vuelvo a casa.

ella está sentada en el sofá leyendo una revista.

—¿ya se te pasó?

—sí.

—mentiroso.

y me deja sentarme a su lado.

mi chica no sabe que algunas noches la miro mientras duerme y pienso que quizá la vida no sea esa gran tragedia de la que tanto hablan.

quizá sea esto:

dos personas cansadas, una cama deshecha, un poco de café, facturas sobre la mesa y alguien que todavía te pregunta si has comido.

yo he pasado años buscando algo extraordinario.

ahora sé que lo extraordinario puede estar descalzo en la cocina diciéndote:

—compra leche cuando salgas.

y tú sales.

porque la amas.

y porque, por una vez, no quieres ser el hombre que se marcha.

viernes, 2 de octubre de 2026

Esquizo

 No sé si la habitación está cerrada o si soy yo quien está encerrado dentro de sus paredes.

Desde que amaneció, el techo me observa con su ojo blanco. No parpadea. Yo sí. Cada vez que cierro los ojos, algo cambia de lugar. La silla se acerca. La ventana se aleja. Mi nombre, que antes era una cosa sencilla, se ha convertido en un animal que corre por debajo de la lengua.

Hay voces.

No vienen de fuera. Tampoco vienen de dentro. Vienen de un lugar anterior a esas dos palabras, un lugar donde el cuerpo todavía no sabe que es cuerpo y la sangre escucha antes que el oído.

—Levántate.

No quiero levantarme.

—Levántate.

Entonces me levanto, porque la voz conoce una parte de mí que yo no conozco.

Camino hasta el espejo. Mi cara está allí, pero parece haber llegado antes que yo. La miro y siento una distancia insoportable, como si alguien hubiera dibujado mis ojos sobre el rostro de un muerto.

Abro la boca.

El muerto también.

Grito.

El grito no sale.

Se queda dentro del pecho, golpeando las costillas como un animal rabioso. Me doblo sobre mí mismo. Quiero arrancarme la piel para encontrar debajo otra piel, una verdadera, una que no escuche las paredes, una que no convierta cada ruido en una orden.

Pero no hay otra piel.

Sólo ésta.

Sólo este cuerpo que pesa demasiado y, al mismo tiempo, parece no pertenecerme.

En el pasillo alguien ríe.

La risa atraviesa la puerta.

Sé que hablan de mí.

Sé que saben.

Sé que han descubierto el mecanismo secreto que mueve mis huesos.

Entonces comprendo algo terrible: quizá no soy yo quien está enfermo. Quizá el mundo está enfermo y yo soy el único que puede oír cómo cruje.

La ventana tiembla.

La luz entra como una cuchilla.

Por un instante todo queda inmóvil.

Y en ese silencio, por primera vez en todo el día, no escucho ninguna voz.

Me quedo quieto.

Respiro.

Uno.

Dos.

Tres.

El corazón continúa golpeando, terco, absurdo, mío.

Y pienso que quizá vivir consiste solamente en esto:

seguir respirando mientras el universo intenta convencerte de que tu cuerpo no es tu casa.

Afuera pasa un coche.

No dice nada.

Esta vez, no dice nada.

Y esa pequeña ausencia de significado me parece una forma de misericordia.


martes, 29 de septiembre de 2026

Te amo a pesar de todo

 Te amo a pesar de todo, carajo


Te amo.

Y no sé por qué.

No debería.

No es lógico, ni justo, ni sano.

Pero te amo.


Te amo con los dientes apretados,

con los ojos cerrados,

como quien se lanza a un pozo sabiendo que no hay agua.

Te amo con miedo, con rabia, con nostalgia,

con ganas de mandarte al demonio

y quedarme ahí contigo.


Te amo con mis manos sucias de tanto buscarte

en la cama vacía,

en los platos que lavas,

en las palabras que no dijiste.


Hay días en que me hartas.

Te juro.

Te quiero lejos, ausente, olvidada.

Y justo cuando creo que ya,

que te estoy sacando del pecho,

apareces

con cualquier tontería,

con una risa, con un silencio

y otra vez

me jodes.


Te amo con esa clase de amor

que no se parece a nada,

que no sirve para los poemas,

pero que existe,

que respira,

que se queda.


Porque a ti no te amo como en las canciones.

Te amo como en la vida:

con los errores,

con los lunes por la mañana,

con los recibos sin pagar,

con este corazón cansado

pero terco

como un burro.


Te amo sin promesas.

Sin poesía.

Sin futuro.

Pero con toda mi alma.

Y eso, créeme,

es mucho decir.

lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo un sueño de marmol

 Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros,

pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esqueletos de gigantes prehistóricos, sostienen urnas naufragadas de muertos anónimos que gritan sin boca.

Una radio se queja a lo lejos, su lamento se enrosca como serpiente en la garganta del viento. Millones de esperanzas se derrumban a la vez, caen del vacío agrio de colchones amarillentos donde alguna vez germinaron semillas, flores, sol y aire fresco, ahora todo fermenta en un cuerpo podrido.

Las voces se transforman en hojarasca, ardiendo en el fuego del silencio, para renacer otra vez en el mismo silencio.

Los ojos, como cera blanda, se derriten y ruedan por el suelo, dejando espacio para la oscuridad que no pide permiso, que lo invade todo, que se ríe de los vivos y los muertos,

Y LOS TRAGA SIN DEJAR RASTRO.

Bajo un cielo de mármol que grita con voz de piedra, pájaros de zinc perforan el aire, cortando carne invisible. Los árboles son esqueletos que se retuercen, sus urnas naufragadas gimen en el viento, los muertos anónimos se revuelven dentro de su propio polvo.

Una radio vomita quejas a lo lejos, y cada queja es un puñal que atraviesa millones de esperanzas, que se desploman del vacío ácido de colchones amarillentos, donde el sol, las semillas y la flor se pudrieron en un mismo cuerpo.

Las voces se incendian como hojarasca en el incendio del silencio, y del fuego surge otro silencio, más pesado, más devorador.

Los ojos como cera se derriten, se mezclan con la tierra, la oscuridad los traga, los retuerce, los convierte en ríos de sombra.

Todo vibra, todo sangra, todo ruge: el aire es un látigo, el suelo una lengua que mastica los cuerpos, el cielo un cráneo que llueve vidrio.

Y yo grito dentro de mí, pero mi grito es devorado, triturado, y lo que queda es un delirio sin forma que arrastra los huesos, las voces, los ojos y los vomita otra vez en el mundo, un mundo que no sabe si está vivo o muerto,

Y A NADIE LE IMPORTA.

Cielo de mármol. Pájaros de zinc que cortan dientes del aire. Árboles—esqueletos—urnas hundidas en gritos secos. Muertos anónimos que se revuelven como larvas en polvo viejo.

Radio vomita quejas. Quejas que atraviesan millones de esperanzas. Colchones amarillentos, agrio vacío, sol podrido, semillas rotas, aire enmohecido, todo fermenta, todo se pudre, todo golpea.

Voces: hojarasca en el incendio del silencio. Silencio: fuego que muerde, que mastica, que nace otra vez.

Ojos de cera, derretidos, ruedan, se confunden con sombras, oscuridad que devora, que se ríe de todo, que tritura las venas del mundo.

El suelo respira con lengua de látigo. El cielo llueve vidrio. Los cuerpos tiemblan, se parten, se disuelven.

Yo grito. Mi grito: triturado. Mi boca: un pozo donde caen voces, huesos, lágrimas secas, y salen otra vez, mezclados, vomitados, mientras el aire me corta la garganta.

Todo es fragmento. Todo sangra. Todo ruge. El mundo se quiebra. Los muertos y los vivos se confunden y nadie sabe dónde empieza la carne y dónde termina el sueño.

Yo existo en el delirio, un delirio que golpea, que aplasta, un delirio que arrastra todo y no deja nada.

Azogue

ella me olvidó.

así de simple.

como se olvida un vaso en el fregadero, una camisa vieja al fondo del armario, una llamada que nunca se devuelve.

me olvidó.

yo sigo aquí, en esta cocina que huele a humo frío y a café recalentado, mirando cómo el cigarro se consume más despacio que yo.

la ceniza cae como caen ciertas cosas: sin drama, sin música, sin que nadie se levante a impedirlo.

bebo. no porque ayude. nada ayuda. pero el alcohol por lo menos pone una sábana sucia encima de los recuerdos.

a veces la memoria llega como un cuchillo sin filo: no corta, raspa.

su risa en la puerta. sus piernas cruzadas en el borde de la cama. esa manera de mirarme como si todavía hubiera algo salvable en mí.

y después, nada.

solo el metal frío contra la piel, solo esa vieja costumbre de buscar dolor para tapar otro dolor.

la sangre sale sin hacer preguntas.

roja, honesta, más honesta que nosotros.

corre despacio por el brazo como si también ella quisiera recordar por dónde se fue todo lo que importaba.

ella me olvidó.

y cada hora es un cuarto vacío donde entro solo, me siento, fumo otro cigarro y espero como esperan los idiotas:

sin aprender nunca que algunas personas se van y no dejan ni siquiera la cortesía 

de un fantasma. 

miércoles, 8 de julio de 2026

Anne 2

 Ane tenía la piel suave, sí, pero no como dicen en los poemas baratos,

sino como algo que no debería estar en ese sitio.

demasiado limpia para aquellas paredes demasiado viva para tanta pastilla.

la conocí en psiquiatría, claro, dónde si no.

yo estaba hecho polvo, ella también, y eso fue suficiente.

se sentó a mi lado sin pedir permiso, como si ya nos hubiéramos roto juntos antes.

traía una bolsita ridícula, de esas que parecen inofensivas, con sudokus, mandalas y rotuladores de colores como si colorear pudiera arreglar algo.

tenía 22 años y una tristeza vieja, de esas que no deberían caber en un cuerpo tan joven.

hablaba poco, pero cuando lo hacía se notaba el abismo.

sus manos marcadas, sus ideas peor.

yo tampoco estaba para dar lecciones: brazos abiertos en canal, ruido en la cabeza, cosas que no se iban ni durmiendo.

y aun así nos sentábamos a pintar mandalas como dos idiotas intentando ordenar el caos con círculos.

yo recitaba mierda que escribía, ella escuchaba como si importara.

íbamos hasta arriba de pastillas, lentos, torcidos, pero en algún punto coincidíamos.

y eso era suficiente.

no era amor, ni salvación, ni ninguna de esas palabras grandes.

era compañía en el sitio equivocado en el momento exacto.

Ane, donde sea que estés,

espero que sigas respirando, aunque sea por inercia.

y que no te hayas perdido del todo.

me dijiste que no lo harías.

yo, por si acaso, todavía me acuerdo.

Mi Chica

  MI CHICA mi chica no cree en los poetas. dice que todos terminan borrachos o hablando demasiado. yo le digo que probablemente tiene razó...