Ella me abrió con una mirada de vidrios recién nacidos del estallido,
con una mirada de cirios que arden dentro del hueso y dejan caer su cera sobre el pensamiento hasta volverlo un animal de humo.
No me mira: me atraviesa.
Su pupila no es pupila, es una navaja suspendida en el aire, una puerta giratoria por donde entra el incendio con sus zapatos de enfermera y sus dientes de amapola.
Cuando me roza mi cuerpo abdica de su costumbre. Me vuelvo sal en su saliva, azúcar arrojado a un vaso de noche, una sustancia sin defensa que se deshace agradecida en el pequeño matadero de su boca.
Ella me toca como si tocara un piano construido con mis nervios.
Tecla por tecla, vértebra por vértebra, me afina el espanto, me ordena la fiebre, me hace sonar como una habitación vacía donde alguien dejó llorando un concierto.
Dulce, sí, pero con la dulzura de las arañas que bordan su trampa con hilos de luna y paciencia.
Apoya sobre mi hombro su cabeza de nube decapitada, su cabeza de vapor y relámpago, y entonces comienza el oficio:
me cepilla el alma a contrapelo, arranca virutas de mi carne, enciende con ellas una hoguera, y nos arroja dentro como quien alimenta un dios hambriento con dos cuerpos prestados.
Ella no entra en una habitación: la derrumba.
Llega como una ola que olvidó su mar y eligió el parquet. Como un desprendimiento de rocas sobre la mesa del desayuno. Como el sol cuando decide incendiar la llanura y dejarla temblando de luz.
Es un meteorito que cae sobre la cabaña del hábito. Un avión de fiebre que se estrella contra la flor domesticada de mis costumbres.
Desde que ella existe, el mundo perdió el enfoque.
Las calles son fotografías húmedas, los relojes son peces clavados en la pared, la ciudad es un decorado de cartón que alguien olvidó retirar después del último sueño.
Solo ella tiene nitidez.
Ella y sus brazos de serpiente litúrgica, que no abrazan: consagran.
Ella y su voz líquida, que no habla: destila.
Ella y esa nariz de aluminio lunar, afilada como la proa de un barco que atraviesa mi pecho.
Sus labios: mercurio en estado de ternura, dos heridas pulidas donde el deseo aprende a pronunciarse.
Su lengua no besa: dirige una orquesta de catástrofes.
A veces Beethoven se rompe contra mis costillas. A veces Borodin abre de un tajo las estepas del sueño y deja galopando por mi garganta a todos los príncipes muertos.
Su cuello es un maniquí perfumado por el crimen vegetal del cannabis, una columna de humo donde mi boca quisiera colgar su cansancio.
Sus pechos: primavera armada, panoplia de leche y relámpago, dos frutos que conocen la ciencia de la gravedad mejor que Newton y peor que Dios.
Ella: cisne con bisturí, gladiolo insurrecto, pradera que piensa.
Ella: kilómetros de espejo donde mi rostro se multiplica hasta volverse irreconocible.
Ella: aire que incendia, tierra que flota, fuego que respira.
Libre como la luz cuando rompe un vitral, como la espuma cuando se niega a obedecer al mar.
Es cerilla y gasolina. Escalpelo y pétalo. Algodón y herida.
Y yo, cada vez que ella me ama, siento que alguien encuentra por fin las piezas dispersas de este rompecabezas de hueso.
Ella me arma con una paciencia feroz, me ensambla los órganos del deseo, me devuelve un rostro que yo no sabía que tenía.
Pero cuando se cansa, cuando la tormenta se retira sin pedir disculpas,
me desarma.
Y deja mis pedazos sobre el colchón, brillando todavía, como restos de un naufragio que se niega