la noche batia sus alas
y tu las tuyas.
la mesa cojeaba
como si supiera algo
que nosotros no.
tú abrías y cerrabas un cajón
sin buscar nada,
solo por el ruido,
como quien intenta
llenar un hueco
con madera y eco.
afuera, un perro ladraba
a algo que no podía ver.
pensé que era justo.
habíamos llegado a eso:
ruidos pequeños
para no escuchar
lo importante.
dijiste mi nombre
como si fuera un objeto olvidado,
algo que se deja
en cualquier parte.
yo asentí,
porque asentir es fácil
cuando ya no queda
mucho que perder.
la botella seguía ahí,
mirándonos,
esperando que alguien
terminara el trabajo.
pero nadie se movió.
y en ese instante supe
que no era tristeza,
ni rabia,
ni siquiera soledad.
era algo peor:
la costumbre
de quedarse
cuando ya no hay
ninguna razón
para hacerlo.