viernes, 23 de octubre de 2026

No hay nada del mañana

 No hay nada del mañana

que valga la pena sin vos.

El alma es este pozo, y el espíritu —un cable pelado— chisporrotea en la noche, cae dentro de ella como un animal herido que no encuentra fondo.

Mi corazón no late: corre. Corre asustado, solo, cansado de llegar siempre al mismo cuarto.

Si pudiera equivocarme de una vez. Fallar a propósito. Dejar de clavar cada pensamiento como un cuchillo limpio en el centro exacto del miedo.

Las palabras son llagas. Me dictan desde las cosas más idiotas: un árbol, un pájaro, una ventana abierta, la humedad de una pared.

Todo habla aunque yo haya querido apagarlo.

Letra por letra, vocal por vocal, como una gota lenta de veneno en la sien, como agujas metiéndose despacio en la carne.

Las palabras se me echan encima, me abrazan con su fiebre de hospital, con su histeria de perro abandonado.

Yo fui el que cerró la puerta. Yo dije: que no entre nadie. Y desde entonces la casa aprendió a quedarse muda.

Yo dije: que las flores se callen. Y dejaron de oler.

Yo dije: que no haya pájaros. Y barrí los nidos, rompí las ramas, me tragué los días uno por uno para llegar hasta esta noche sin testigos.

Pero si pudiera gritar.

Si pudiera sacarme de encima este cuerpo mal armado, desatornillar los huesos, vaciarme el pecho, tirar lo podrido, ajustar el corazón como se arregla un motor viejo que todavía quiere andar.

Porque en el fondo, aunque escupa, aunque rompa, aunque cierre todo,

yo sigo siendo eso:

una puerta abierta a cualquier hora,

una escalera encendida,

una sombra en la ventana todavía despierta, todavía esperando que vuelvas.

Pájaros de Zinc

 cielo de mármol pájaros de zinc atraviesan dientes de aire árboles

esqueletos urnas naufragadas muertos anónimos retorciéndose polvo que grita radio vomita quejas que cortan millones de esperanzas colchones amarillentos agrio vacío sol podrido semillas muertas aire enmohecido fermenta golpea voces hojarasca incendio del silencio silencio fuego que mastica renace otra vez ojos cera derritiéndose rodando sombra oscuridad que devora que ríe que rompe venas suelo lengua látigo cielo llueve vidrio cuerpos tiemblan parten disuelven yo grito grito triturado boca pozo donde caen huesos voces lágrimas secas vomitadas otra vez aire corta garganta todo fragmento todo sangra todo ruge mundo quiebra muertos vivos se confunden carne sueño no se sabe yo existo delirio que golpea aplasta arrastra nada queda y nada nace y todo vibra y todo llora y todo muere y todo grita y todo sangra y el viento arranca los párpados de los ojos muertos y los lanza hacia mi boca y la radio vomita otra vez y yo grito otra vez y nadie escucha y nadie existe y todo es polvo y vidrio y fuego y silencio y el cielo se derrite sobre mí y yo río y lloro y muero mientras respiro mientras escucho mientras ardo mientras estoy despierto y dormido y vivo y muerto y todo se desarma otra vez

Mañana Accidentada

 Esta mañana me arrancaron del sueño, crueldad previa al amanecer, para arrastrar a mi hermano a la celda del colegio. Eran las ocho menos veinte: el martilleo atronador de la lluvia golpeaba el cristal, filtrándose a través de los muros de concreto. No era agua, era la asfixia; el cuarto entero se inundaba, un pulmón sumergido en minutos, el ahogamiento inminente de la existencia.

Arranqué del vestidor un paraguas como quien empuña un hueso seco y me embutí en la piel plástica del chubasquero. Afuera, la intemperie era un azote de hielo y viento encarnizado. Corrimos como alimañas huyendo del cataclismo hasta la chatarra metálica del coche.

Me encaramé al asiento, frotándome las manos tullidas. A través de la tormenta, vi a mi hermano forcejear, incapaz de domar la garganta abierta del paraguas. Empujé la puerta desde el interior y le exigí el artefacto. Me clavó una mirada de absoluto estupor, un silencio que gritaba: ¿Cómo pretendes que ejecute semejante milagro? Pero la boca no articuló palabra. En un espasmo grotesco, pasó el mango por encima del marco. Estiré la espina dorsal hasta el límite del desgarro, busqué a ciegas el botón de la fiera y lo dejé caer, inerte, en el abismo del asiento trasero.

Mi hermano se encajó en el vehículo. Giré la llave: la corriente eléctrica devoró el silencio. Encendí la radio. Deslicé la palanca hacia la R de la retrocesión, pero el monstruo de metal se negó a avanzar. Un ojo sangriento brillaba en el tablero: la señal del freno de mano. Tiré de la palanca con furia visceral para liberarlo, pero la materia permaneció muerta.

Apagué el motor. Volví a clavar la llave en la herida del encendido. Nada. El ojo rojo seguía ardiendo, el coche, petrificado en la inmovilidad de la materia.

—¿Qué mierda le pasa a esto? —aullé.

Mi hermano me miró con ojos vacíos, como si la palabra "esto" fuera un idioma extinto, un concepto ajeno a su realidad.

Escupí mi cuerpo fuera del coche. Inspeccioné las ruedas, buscando la pinchadura, la traición del caucho. Sin respuestas en el barro, regresé a la jaula. Aseguré la palanca en la P de la parálisis y giré la llave una vez más. El motor rugió en una resurrección absurda.

—Es tarde —dijo mi hermano.

Lo miré con la rabia contenida del inocente acusado: ¿Qué culpa tiene mi espíritu de que la máquina rechace la vida? Pero me tragué la voz.

—Es tarde —repitió, y remató con veneno tranquilo—: Pensé que nunca te decidirías a ponerlo en marcha.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Me Arde La Vida

 Me arde la vida,

este don que no pedí, que no sé sostener.

La oculto durante el día, le hundo la frente en el agua, le apago el grito bajo la superficie.

Cierro el sol en las ventanas para que los espejos no aprendan mi rostro.

Las sombras reptan hasta mis pies, insisten en volver a la forma que perdieron.

Y entonces: los pájaros mudan en serpientes, late el terciopelo de la herida, las palabras echan raíz dentro de un pez sin memoria o en la pulpa intacta de una fruta que jamás probé.

No Hay Mañana

No hay nada del mañana que valga la pena sin vos.

El alma es este pozo, y el espíritu —un cable pelado— chisporrotea en la noche, cae dentro de ella como un animal herido que no encuentra fondo.

Mi corazón no late: corre. Corre asustado, solo, cansado de llegar siempre al mismo cuarto.

Si pudiera equivocarme de una vez. Fallar a propósito. Dejar de clavar cada pensamiento como un cuchillo limpio en el centro exacto del miedo.

Las palabras son llagas. Me dictan desde las cosas más idiotas: un árbol, un pájaro, una ventana abierta, la humedad de una pared.

Todo habla aunque yo haya querido apagarlo.

Letra por letra, vocal por vocal, como una gota lenta de veneno en la sien, como agujas metiéndose despacio en la carne.

Las palabras se me echan encima, me abrazan con su fiebre de hospital, con su histeria de perro abandonado.

Yo fui el que cerró la puerta. Yo dije: que no entre nadie. Y desde entonces la casa aprendió a quedarse muda.

Yo dije: que las flores se callen. Y dejaron de oler.

Yo dije: que no haya pájaros. Y barrí los nidos, rompí las ramas, me tragué los días uno por uno para llegar hasta esta noche sin testigos.

Pero si pudiera gritar.

Si pudiera sacarme de encima este cuerpo mal armado, desatornillar los huesos, vaciarme el pecho, tirar lo podrido, ajustar el corazón como se arregla un motor viejo que todavía quiere andar.

Porque en el fondo, aunque escupa, aunque rompa, aunque cierre todo,

yo sigo siendo eso:

una puerta abierta a cualquier hora,

una escalera encendida,

una sombra en la ventana todavía despierta, todavía esperando que vuelvas.

domingo, 4 de octubre de 2026

Mi Chica

 

MI CHICA

mi chica no cree en los poetas.

dice que todos terminan borrachos o hablando demasiado.

yo le digo que probablemente tiene razón.

ella se ríe y sigue cortando cebollas en la cocina.

mi chica tiene esa manera de mirarme cuando vuelvo tarde, como si quisiera matarme y besarme al mismo tiempo.

a veces peleamos por cosas pequeñas:

el dinero, los platos sucios, mis cigarrillos, sus llamadas a medianoche.

otras veces peleamos por cosas enormes que ninguno de los dos se atreve a nombrar.

entonces salgo a caminar por la avenida con las manos en los bolsillos y la certeza de que soy un imbécil.

compro dos cervezas.

vuelvo a casa.

ella está sentada en el sofá leyendo una revista.

—¿ya se te pasó?

—sí.

—mentiroso.

y me deja sentarme a su lado.

mi chica no sabe que algunas noches la miro mientras duerme y pienso que quizá la vida no sea esa gran tragedia de la que tanto hablan.

quizá sea esto:

dos personas cansadas, una cama deshecha, un poco de café, facturas sobre la mesa y alguien que todavía te pregunta si has comido.

yo he pasado años buscando algo extraordinario.

ahora sé que lo extraordinario puede estar descalzo en la cocina diciéndote:

—compra leche cuando salgas.

y tú sales.

porque la amas.

y porque, por una vez, no quieres ser el hombre que se marcha.

viernes, 2 de octubre de 2026

Esquizo

 No sé si la habitación está cerrada o si soy yo quien está encerrado dentro de sus paredes.

Desde que amaneció, el techo me observa con su ojo blanco. No parpadea. Yo sí. Cada vez que cierro los ojos, algo cambia de lugar. La silla se acerca. La ventana se aleja. Mi nombre, que antes era una cosa sencilla, se ha convertido en un animal que corre por debajo de la lengua.

Hay voces.

No vienen de fuera. Tampoco vienen de dentro. Vienen de un lugar anterior a esas dos palabras, un lugar donde el cuerpo todavía no sabe que es cuerpo y la sangre escucha antes que el oído.

—Levántate.

No quiero levantarme.

—Levántate.

Entonces me levanto, porque la voz conoce una parte de mí que yo no conozco.

Camino hasta el espejo. Mi cara está allí, pero parece haber llegado antes que yo. La miro y siento una distancia insoportable, como si alguien hubiera dibujado mis ojos sobre el rostro de un muerto.

Abro la boca.

El muerto también.

Grito.

El grito no sale.

Se queda dentro del pecho, golpeando las costillas como un animal rabioso. Me doblo sobre mí mismo. Quiero arrancarme la piel para encontrar debajo otra piel, una verdadera, una que no escuche las paredes, una que no convierta cada ruido en una orden.

Pero no hay otra piel.

Sólo ésta.

Sólo este cuerpo que pesa demasiado y, al mismo tiempo, parece no pertenecerme.

En el pasillo alguien ríe.

La risa atraviesa la puerta.

Sé que hablan de mí.

Sé que saben.

Sé que han descubierto el mecanismo secreto que mueve mis huesos.

Entonces comprendo algo terrible: quizá no soy yo quien está enfermo. Quizá el mundo está enfermo y yo soy el único que puede oír cómo cruje.

La ventana tiembla.

La luz entra como una cuchilla.

Por un instante todo queda inmóvil.

Y en ese silencio, por primera vez en todo el día, no escucho ninguna voz.

Me quedo quieto.

Respiro.

Uno.

Dos.

Tres.

El corazón continúa golpeando, terco, absurdo, mío.

Y pienso que quizá vivir consiste solamente en esto:

seguir respirando mientras el universo intenta convencerte de que tu cuerpo no es tu casa.

Afuera pasa un coche.

No dice nada.

Esta vez, no dice nada.

Y esa pequeña ausencia de significado me parece una forma de misericordia.


No hay nada del mañana

  No hay nada del mañana que valga la pena sin vos. El alma es este pozo, y el espíritu —un cable pelado— chisporrotea en la noche, cae d...