sábado, 31 de octubre de 2026

 Desde el delirio florecen estas rosas de acetileno dormido, de alcohol madurado en la

penumbra, de ternura decantada gota a gota, de caricia hecha almíbar, de beso encendido. Nacen también del portavelas de latón, de la lluvia que se filtra por el cielo raso y cae paciente sobre la cacerola de porcelana del Tíbet que, con tu dulzura de siempre, dejaste allí para salvar la alfombra donde duerme el gato.

Ese gato que, desde hace tiempo, me ha elegido: a mí, que le compro sus caprichos favoritos, que le lleno el cuenco de agua fresca, que le paso el peine de alambre con manos de pianista para arrancarle el exceso de pelo sin herirle el orgullo. Él convierte todo en juego: me muerde apenas, dejándome la memoria de sus colmillos en la piel; me araña con zarpazos de fiesta; me quiere con esa lealtad sin dobleces que sólo conocen los animales y los sueños.

Me espera detrás de la puerta cerrada, se acurruca conmigo en la cama, me acompaña en el silencio. Y mientras tú andas perdida por ahí, entregada a tus misterios de gata indomable , yo ya no sé si es a ti a quien extraño, o si he terminado por enamorarme de quien, sin hablar, nunca me ha mentido.

Te fuiste para siempre

Te fuiste para siempre, sin aviso,

como el viento que escapa entre las manos, dejando en el silencio un paraíso que hoy duele recordar en mis veranos.

Se quedó tu voz flotando en la nada, como un eco que insiste en regresar, y en cada madrugada desvelada tu ausencia me vuelve a despertar.

Las horas ya no saben a tu risa, ni el tiempo quiere andar sin tu calor, todo se volvió lento, sin prisa, como un reloj cansado de dolor.

Te fuiste para siempre… y no lo creo, te busco en cada sombra y cada luz, en cada sueño frágil que poseo, en cada herida abierta que aún seduzco

Quizá no sea el final lo que me hiere, sino este amor que no se quiso ir, porque aunque el mundo entero me lo niegue,

YO AÚN TE SIGO ELIGIENDO… SIN VIVIR.

Te fuiste para siempre

Te fuiste para siempre… y no hubo ruido, ni un adiós que pudiera sostener, solo el hueco de todo lo vivido derrumbándose lento en mi querer.

Se apagaron tus pasos en la casa, la tarde se volvió gris sin razón, y el silencio, que nunca me abrazaba, aprendió a pronunciar tu nombre en voz.

Las promesas quedaron suspendidas, como cuadros sin pared ni lugar, y mis manos, de tanto estar vacías, ya no saben a quién deben buscar.

Te fuiste para siempre… y aquí sigo, recogiendo pedazos de los dos, intentando entender por qué el destino nos escribió en pasado el mismo amor.

Tal vez un día duela un poco menos, tal vez aprenda al fin a soltar, pero hoy, entre recuerdos y desvelos, te sigo, sin querer, volviendo a amar.

viernes, 23 de octubre de 2026

No hay nada del mañana

 No hay nada del mañana

que valga la pena sin vos.

El alma es este pozo, y el espíritu —un cable pelado— chisporrotea en la noche, cae dentro de ella como un animal herido que no encuentra fondo.

Mi corazón no late: corre. Corre asustado, solo, cansado de llegar siempre al mismo cuarto.

Si pudiera equivocarme de una vez. Fallar a propósito. Dejar de clavar cada pensamiento como un cuchillo limpio en el centro exacto del miedo.

Las palabras son llagas. Me dictan desde las cosas más idiotas: un árbol, un pájaro, una ventana abierta, la humedad de una pared.

Todo habla aunque yo haya querido apagarlo.

Letra por letra, vocal por vocal, como una gota lenta de veneno en la sien, como agujas metiéndose despacio en la carne.

Las palabras se me echan encima, me abrazan con su fiebre de hospital, con su histeria de perro abandonado.

Yo fui el que cerró la puerta. Yo dije: que no entre nadie. Y desde entonces la casa aprendió a quedarse muda.

Yo dije: que las flores se callen. Y dejaron de oler.

Yo dije: que no haya pájaros. Y barrí los nidos, rompí las ramas, me tragué los días uno por uno para llegar hasta esta noche sin testigos.

Pero si pudiera gritar.

Si pudiera sacarme de encima este cuerpo mal armado, desatornillar los huesos, vaciarme el pecho, tirar lo podrido, ajustar el corazón como se arregla un motor viejo que todavía quiere andar.

Porque en el fondo, aunque escupa, aunque rompa, aunque cierre todo,

yo sigo siendo eso:

una puerta abierta a cualquier hora,

una escalera encendida,

una sombra en la ventana todavía despierta, todavía esperando que vuelvas.

Pájaros de Zinc

 cielo de mármol pájaros de zinc atraviesan dientes de aire árboles

esqueletos urnas naufragadas muertos anónimos retorciéndose polvo que grita radio vomita quejas que cortan millones de esperanzas colchones amarillentos agrio vacío sol podrido semillas muertas aire enmohecido fermenta golpea voces hojarasca incendio del silencio silencio fuego que mastica renace otra vez ojos cera derritiéndose rodando sombra oscuridad que devora que ríe que rompe venas suelo lengua látigo cielo llueve vidrio cuerpos tiemblan parten disuelven yo grito grito triturado boca pozo donde caen huesos voces lágrimas secas vomitadas otra vez aire corta garganta todo fragmento todo sangra todo ruge mundo quiebra muertos vivos se confunden carne sueño no se sabe yo existo delirio que golpea aplasta arrastra nada queda y nada nace y todo vibra y todo llora y todo muere y todo grita y todo sangra y el viento arranca los párpados de los ojos muertos y los lanza hacia mi boca y la radio vomita otra vez y yo grito otra vez y nadie escucha y nadie existe y todo es polvo y vidrio y fuego y silencio y el cielo se derrite sobre mí y yo río y lloro y muero mientras respiro mientras escucho mientras ardo mientras estoy despierto y dormido y vivo y muerto y todo se desarma otra vez

Mañana Accidentada

 Esta mañana me arrancaron del sueño, crueldad previa al amanecer, para arrastrar a mi hermano a la celda del colegio. Eran las ocho menos veinte: el martilleo atronador de la lluvia golpeaba el cristal, filtrándose a través de los muros de concreto. No era agua, era la asfixia; el cuarto entero se inundaba, un pulmón sumergido en minutos, el ahogamiento inminente de la existencia.

Arranqué del vestidor un paraguas como quien empuña un hueso seco y me embutí en la piel plástica del chubasquero. Afuera, la intemperie era un azote de hielo y viento encarnizado. Corrimos como alimañas huyendo del cataclismo hasta la chatarra metálica del coche.

Me encaramé al asiento, frotándome las manos tullidas. A través de la tormenta, vi a mi hermano forcejear, incapaz de domar la garganta abierta del paraguas. Empujé la puerta desde el interior y le exigí el artefacto. Me clavó una mirada de absoluto estupor, un silencio que gritaba: ¿Cómo pretendes que ejecute semejante milagro? Pero la boca no articuló palabra. En un espasmo grotesco, pasó el mango por encima del marco. Estiré la espina dorsal hasta el límite del desgarro, busqué a ciegas el botón de la fiera y lo dejé caer, inerte, en el abismo del asiento trasero.

Mi hermano se encajó en el vehículo. Giré la llave: la corriente eléctrica devoró el silencio. Encendí la radio. Deslicé la palanca hacia la R de la retrocesión, pero el monstruo de metal se negó a avanzar. Un ojo sangriento brillaba en el tablero: la señal del freno de mano. Tiré de la palanca con furia visceral para liberarlo, pero la materia permaneció muerta.

Apagué el motor. Volví a clavar la llave en la herida del encendido. Nada. El ojo rojo seguía ardiendo, el coche, petrificado en la inmovilidad de la materia.

—¿Qué mierda le pasa a esto? —aullé.

Mi hermano me miró con ojos vacíos, como si la palabra "esto" fuera un idioma extinto, un concepto ajeno a su realidad.

Escupí mi cuerpo fuera del coche. Inspeccioné las ruedas, buscando la pinchadura, la traición del caucho. Sin respuestas en el barro, regresé a la jaula. Aseguré la palanca en la P de la parálisis y giré la llave una vez más. El motor rugió en una resurrección absurda.

—Es tarde —dijo mi hermano.

Lo miré con la rabia contenida del inocente acusado: ¿Qué culpa tiene mi espíritu de que la máquina rechace la vida? Pero me tragué la voz.

—Es tarde —repitió, y remató con veneno tranquilo—: Pensé que nunca te decidirías a ponerlo en marcha.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Me Arde La Vida

 Me arde la vida,

este don que no pedí, que no sé sostener.

La oculto durante el día, le hundo la frente en el agua, le apago el grito bajo la superficie.

Cierro el sol en las ventanas para que los espejos no aprendan mi rostro.

Las sombras reptan hasta mis pies, insisten en volver a la forma que perdieron.

Y entonces: los pájaros mudan en serpientes, late el terciopelo de la herida, las palabras echan raíz dentro de un pez sin memoria o en la pulpa intacta de una fruta que jamás probé.

No Hay Mañana

No hay nada del mañana que valga la pena sin vos.

El alma es este pozo, y el espíritu —un cable pelado— chisporrotea en la noche, cae dentro de ella como un animal herido que no encuentra fondo.

Mi corazón no late: corre. Corre asustado, solo, cansado de llegar siempre al mismo cuarto.

Si pudiera equivocarme de una vez. Fallar a propósito. Dejar de clavar cada pensamiento como un cuchillo limpio en el centro exacto del miedo.

Las palabras son llagas. Me dictan desde las cosas más idiotas: un árbol, un pájaro, una ventana abierta, la humedad de una pared.

Todo habla aunque yo haya querido apagarlo.

Letra por letra, vocal por vocal, como una gota lenta de veneno en la sien, como agujas metiéndose despacio en la carne.

Las palabras se me echan encima, me abrazan con su fiebre de hospital, con su histeria de perro abandonado.

Yo fui el que cerró la puerta. Yo dije: que no entre nadie. Y desde entonces la casa aprendió a quedarse muda.

Yo dije: que las flores se callen. Y dejaron de oler.

Yo dije: que no haya pájaros. Y barrí los nidos, rompí las ramas, me tragué los días uno por uno para llegar hasta esta noche sin testigos.

Pero si pudiera gritar.

Si pudiera sacarme de encima este cuerpo mal armado, desatornillar los huesos, vaciarme el pecho, tirar lo podrido, ajustar el corazón como se arregla un motor viejo que todavía quiere andar.

Porque en el fondo, aunque escupa, aunque rompa, aunque cierre todo,

yo sigo siendo eso:

una puerta abierta a cualquier hora,

una escalera encendida,

una sombra en la ventana todavía despierta, todavía esperando que vuelvas.

  Desde el delirio florecen estas rosas de acetileno dormido, de alcohol madurado en la penumbra, de ternura decantada gota a gota, de caric...