Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros,
pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esqueletos de gigantes prehistóricos, sostienen urnas naufragadas de muertos anónimos que gritan sin boca.
Una radio se queja a lo lejos, su lamento se enrosca como serpiente en la garganta del viento. Millones de esperanzas se derrumban a la vez, caen del vacío agrio de colchones amarillentos donde alguna vez germinaron semillas, flores, sol y aire fresco, ahora todo fermenta en un cuerpo podrido.
Las voces se transforman en hojarasca, ardiendo en el fuego del silencio, para renacer otra vez en el mismo silencio.
Los ojos, como cera blanda, se derriten y ruedan por el suelo, dejando espacio para la oscuridad que no pide permiso, que lo invade todo, que se ríe de los vivos y los muertos,
Y LOS TRAGA SIN DEJAR RASTRO.
Bajo un cielo de mármol que grita con voz de piedra, pájaros de zinc perforan el aire, cortando carne invisible. Los árboles son esqueletos que se retuercen, sus urnas naufragadas gimen en el viento, los muertos anónimos se revuelven dentro de su propio polvo.
Una radio vomita quejas a lo lejos, y cada queja es un puñal que atraviesa millones de esperanzas, que se desploman del vacío ácido de colchones amarillentos, donde el sol, las semillas y la flor se pudrieron en un mismo cuerpo.
Las voces se incendian como hojarasca en el incendio del silencio, y del fuego surge otro silencio, más pesado, más devorador.
Los ojos como cera se derriten, se mezclan con la tierra, la oscuridad los traga, los retuerce, los convierte en ríos de sombra.
Todo vibra, todo sangra, todo ruge: el aire es un látigo, el suelo una lengua que mastica los cuerpos, el cielo un cráneo que llueve vidrio.
Y yo grito dentro de mí, pero mi grito es devorado, triturado, y lo que queda es un delirio sin forma que arrastra los huesos, las voces, los ojos y los vomita otra vez en el mundo, un mundo que no sabe si está vivo o muerto,
Y A NADIE LE IMPORTA.
Cielo de mármol. Pájaros de zinc que cortan dientes del aire. Árboles—esqueletos—urnas hundidas en gritos secos. Muertos anónimos que se revuelven como larvas en polvo viejo.
Radio vomita quejas. Quejas que atraviesan millones de esperanzas. Colchones amarillentos, agrio vacío, sol podrido, semillas rotas, aire enmohecido, todo fermenta, todo se pudre, todo golpea.
Voces: hojarasca en el incendio del silencio. Silencio: fuego que muerde, que mastica, que nace otra vez.
Ojos de cera, derretidos, ruedan, se confunden con sombras, oscuridad que devora, que se ríe de todo, que tritura las venas del mundo.
El suelo respira con lengua de látigo. El cielo llueve vidrio. Los cuerpos tiemblan, se parten, se disuelven.
Yo grito. Mi grito: triturado. Mi boca: un pozo donde caen voces, huesos, lágrimas secas, y salen otra vez, mezclados, vomitados, mientras el aire me corta la garganta.
Todo es fragmento. Todo sangra. Todo ruge. El mundo se quiebra. Los muertos y los vivos se confunden y nadie sabe dónde empieza la carne y dónde termina el sueño.
Yo existo en el delirio, un delirio que golpea, que aplasta, un delirio que arrastra todo