Desde el delirio florecen estas rosas de acetileno dormido, de alcohol madurado en la
penumbra, de ternura decantada gota a gota, de caricia hecha almíbar, de beso encendido. Nacen también del portavelas de latón, de la lluvia que se filtra por el cielo raso y cae paciente sobre la cacerola de porcelana del Tíbet que, con tu dulzura de siempre, dejaste allí para salvar la alfombra donde duerme el gato.
Ese gato que, desde hace tiempo, me ha elegido: a mí, que le compro sus caprichos favoritos, que le lleno el cuenco de agua fresca, que le paso el peine de alambre con manos de pianista para arrancarle el exceso de pelo sin herirle el orgullo. Él convierte todo en juego: me muerde apenas, dejándome la memoria de sus colmillos en la piel; me araña con zarpazos de fiesta; me quiere con esa lealtad sin dobleces que sólo conocen los animales y los sueños.
Me espera detrás de la puerta cerrada, se acurruca conmigo en la cama, me acompaña en el silencio. Y mientras tú andas perdida por ahí, entregada a tus misterios de gata indomable , yo ya no sé si es a ti a quien extraño, o si he terminado por enamorarme de quien,