lunes, 22 de junio de 2026

Anne

 Ella me abrió con una mirada de vidrios recién nacidos del estallido,

con una mirada de cirios que arden dentro del hueso y dejan caer su cera sobre el pensamiento hasta volverlo un animal de humo.

No me mira: me atraviesa.

Su pupila no es pupila, es una navaja suspendida en el aire, una puerta giratoria por donde entra el incendio con sus zapatos de enfermera y sus dientes de amapola.

Cuando me roza mi cuerpo abdica de su costumbre. Me vuelvo sal en su saliva, azúcar arrojado a un vaso de noche, una sustancia sin defensa que se deshace agradecida en el pequeño matadero de su boca.

Ella me toca como si tocara un piano construido con mis nervios.

Tecla por tecla, vértebra por vértebra, me afina el espanto, me ordena la fiebre, me hace sonar como una habitación vacía donde alguien dejó llorando un concierto.

Dulce, sí, pero con la dulzura de las arañas que bordan su trampa con hilos de luna y paciencia.

Apoya sobre mi hombro su cabeza de nube decapitada, su cabeza de vapor y relámpago, y entonces comienza el oficio:

me cepilla el alma a contrapelo, arranca virutas de mi carne, enciende con ellas una hoguera, y nos arroja dentro como quien alimenta un dios hambriento con dos cuerpos prestados.

Ella no entra en una habitación: la derrumba.

Llega como una ola que olvidó su mar y eligió el parquet. Como un desprendimiento de rocas sobre la mesa del desayuno. Como el sol cuando decide incendiar la llanura y dejarla temblando de luz.

Es un meteorito que cae sobre la cabaña del hábito. Un avión de fiebre que se estrella contra la flor domesticada de mis costumbres.

Desde que ella existe, el mundo perdió el enfoque.

Las calles son fotografías húmedas, los relojes son peces clavados en la pared, la ciudad es un decorado de cartón que alguien olvidó retirar después del último sueño.

Solo ella tiene nitidez.

Ella y sus brazos de serpiente litúrgica, que no abrazan: consagran.

Ella y su voz líquida, que no habla: destila.

Ella y esa nariz de aluminio lunar, afilada como la proa de un barco que atraviesa mi pecho.

Sus labios: mercurio en estado de ternura, dos heridas pulidas donde el deseo aprende a pronunciarse.

Su lengua no besa: dirige una orquesta de catástrofes.

A veces Beethoven se rompe contra mis costillas. A veces Borodin abre de un tajo las estepas del sueño y deja galopando por mi garganta a todos los príncipes muertos.

Su cuello es un maniquí perfumado por el crimen vegetal del cannabis, una columna de humo donde mi boca quisiera colgar su cansancio.

Sus pechos: primavera armada, panoplia de leche y relámpago, dos frutos que conocen la ciencia de la gravedad mejor que Newton y peor que Dios.

Ella: cisne con bisturí, gladiolo insurrecto, pradera que piensa.

Ella: kilómetros de espejo donde mi rostro se multiplica hasta volverse irreconocible.

Ella: aire que incendia, tierra que flota, fuego que respira.

Libre como la luz cuando rompe un vitral, como la espuma cuando se niega a obedecer al mar.

Es cerilla y gasolina. Escalpelo y pétalo. Algodón y herida.

Y yo, cada vez que ella me ama, siento que alguien encuentra por fin las piezas dispersas de este rompecabezas de hueso.

Ella me arma con una paciencia feroz, me ensambla los órganos del deseo, me devuelve un rostro que yo no sabía que tenía.

Pero cuando se cansa, cuando la tormenta se retira sin pedir disculpas,

me desarma.

Y deja mis pedazos sobre el colchón, brillando todavía, como restos de un naufragio que se niega a dejar de arder.

domingo, 7 de junio de 2026

 Te pienso a esta hora rara

en que la casa parece escuchar.

La taza olvidada sobre la mesa,
la lámpara encendida,
el ruido lejano de un coche,
todo tiene algo tuyo.

No sé cómo ocurre.

Uno pasa el día haciendo cosas:
abre puertas,
contesta preguntas,
camina por las calles,
finge que entiende el mundo.

Y de pronto llegas.

No tú,
sino tu recuerdo,
que es una forma distinta de estar.

Entonces me siento junto a la ventana
como si esperara una noticia.

Miro la noche.

La noche no dice nada,
pero acompaña.

Y pienso que tal vez amar sea esto:
guardar un lugar para alguien
aunque no venga,
aunque esté lejos,
aunque el tiempo se empeñe
en mover los muebles del corazón.

Porque hay personas
que terminan viviendo en uno.

Como la lluvia en la tierra.
Como el humo en la ropa.
Como la luz,
que se queda un momento más
cuando el día ya se ha ido.

He visto una campana crecer dentro de un pulmón de yeso,

he visto al caballo del insomnio beber tinta
de las venas abiertas del horizonte.

La noche no cae:
se descuelga a mordiscos
desde la mandíbula de un dios enfermo.

Mis manos están llenas de insectos transparentes.
Los insectos rezan.
Sus plegarias son cuchillos diminutos
que atraviesan el vientre de los espejos.

Hay una ciudad enterrada en cada grito.
Las casas tienen párpados.
Los tejados sudan leche negra.
Los niños nacen con un eclipse en la garganta
y cantan para romper las costillas del aire.

Yo camino.

Camino sobre una escalera hecha de fiebre,
mientras los árboles arrancan sus raíces
y las arrojan contra el reloj del mundo.

Todo arde sin fuego.

Arden las sombras.
Arden las piedras.
Arde la saliva de los muertos
en los labios inmóviles de las estatuas.

Y en el centro,
allí donde el corazón abandona su nombre,
una flor de hierro abre sus pétalos de sangre
para devorar el último pensamiento del cielo.

Anne 2

  Ane tenía la piel suave, sí, pero no como dicen en los poemas baratos, sino como algo que no debería estar en ese sitio. demasiado limpia ...