sábado, 19 de julio de 2025

El útero del delirio

He inyectado un incendio en mi médula espinal.


No por placer, sino porque la realidad me vomita cada vez que abro los ojos. El mundo, esa víscera tibia que llaman normalidad, me escupe sus horarios, sus gestos, sus muros pintados con saliva de oficina.


Pero yo… yo he roto la línea recta del pensamiento.


Me encerré en el retrete de los dioses, donde los cuerpos no pesan y las lenguas se disuelven en humo. Allí conocí la flor fosforescente del opio: tenía la voz de mi madre muerta y la piel del universo. Me habló en códigos que no existen. Me arrancó las uñas, una por una, para que dejara de escarbar en lo falso.


Dicen que me destruyo.

—¡Mentirosos!

Yo me reconstruyo con cada pastilla triturada, con cada vena que canta bajo la aguja. Soy un alquimista del derrumbe.


La heroína me llevó al centro exacto de mi cráneo, donde un caballo ciego cabalga entre ruinas de infancia. Le di un beso y me convertí en vapor.


No estoy enfermo.

Estoy despierto en otro idioma.


Los doctores me quieren quieto.

Los políticos me quieren productivo.

Los cuerdos me quieren muerto.


Pero yo tengo en el bolsillo un fragmento de cielo arrancado con los dientes. Y mientras lo huelo, lo mastico, lo inhalo, me repito:


"Esta es la verdadera religión: la que comienza cuando el dolor deja de mentir."

La pecera

Al principio fue una cuchara.


Julián no le dio importancia. Pensó que la habría dejado en la cocina, o que la había tirado sin querer. Luego desapareció una toalla, después su bufanda favorita. Las cosas no se perdían: se esfumaban. Como si nunca hubieran estado.


Vivía solo desde hacía años, en un departamento de paredes opacas y ventanas que no daban a nada. Su cuarto —estrecho, luminoso, con una cama en el centro— era su mundo. Él lo llamaba "la pecera", porque desde allí veía todo, sin tocar nada. Observaba. Controlaba. O eso creía.


Cuando desapareció el primer libro, supo que no era descuido. Sintió un escalofrío. Alguien estaba entrando.


Cerró la puerta con llave. Luego clavó los postigos. Cambió cerraduras, bloqueó las rejillas de ventilación, selló con cinta adhesiva cualquier rendija por donde pudiera colarse una sombra. No dejó rendijas. Ni luz. Ni aire.


Empezó a dormir con un cuchillo bajo la almohada.


Y aun así, las cosas seguían desvaneciéndose. Su cepillo de dientes. Una zapatilla. El espejo del baño.


Entonces comprendió que no estaban entrando. Estaban saliendo. Las cosas se escapaban, como si huyeran de él.


Preso del pánico, cerró también la puerta del cuarto con doble vuelta. Era su refugio. Su pecera. Nadie más entraría. Ni siquiera el mundo.


Los días se hicieron lentos. No había más café, ni libros, ni agua. Solo él, su cama, y las paredes que parecían acercarse cada vez más.


Una mañana, estiró la mano para encender la luz.


El interruptor ya no estaba.


Y supo, finalmente, que lo último en desaparecer… sería él.

Después de la tormenta

Tus manos, jardín de memorias,

solían rozar mi piel

como flores que despiertan

sin pedir permiso al sol.


Pero vino la tormenta,

la de adentro, la que arrasa

sin rayos ni relámpagos,

solo con silencios largos.


Y crecieron trepadoras

en los muros del olvido,

plantas sin nombre ni rumbo,

aferradas al vacío.


Hoy tus manos son distancia,

las flores, solo recuerdo.

La tormenta ya pasó…

pero aún llueve aquí dentro.

La última dosis

 La primera vez que lo vio, tenía las pupilas dilatadas y los sueños rotos. Estaba tirado en la entrada del metro, con una jeringa vacía en el bolsillo y la esperanza oxidada en la mirada. Aun así, ella lo miró como si aún quedara algo que salvar.


Se llamaba Nico, pero en la calle le decían "Sombras", porque aparecía y desaparecía sin dejar rastro. Ella, Clara, estudiaba enfermería y pasaba cada día frente a él, hasta que un día se detuvo. Le dio una manzana, luego un abrigo, y finalmente su tiempo.


Él le prometió que iba a dejarlo. Lo intentó, por ella. Hubo semanas de temblores, gritos y sudores. Ella no se fue. Le sostuvo la frente, le preparó sopa, le leyó poemas. Por un momento, parecían haber vencido.


Pero la calle no perdona y la abstinencia no olvida. Una noche fría, él salió "a por tabaco". Ella supo. Lo buscó tres días. Lo encontró en un descampado, con los labios morados y una sonrisa triste. En su mano, aún sostenía la pulsera que ella le había regalado, con su nombre grabado.


Clara no lloró. Solo se sentó a su lado y le susurró:

—Te quise incluso cuando tú no podías quererte.

Y se quedó allí, hasta que amaneció.

Ciegos

 El amor ciega, pero el desengaño enseña a mirar con los ojos abiertos.

Mensaje visto

Esperó su respuesta durante horas, aferrado al brillo de la última palabra. El mensaje quedó en “visto”. Entonces entendió: no se marchan gritando, a veces simplemente dejan de escribir.


El grito del abismo

 En la carne rota del mundo, mis manos sangran palabras que no quieren nacer. La oscuridad se enrosca como serpiente venenosa dentro del cráneo, devorando mi razón, vomitando un grito que no encuentra aire. Soy un cuerpo desgarrado, un espíritu en combustión, ardiendo sin fuego en el teatro de la locura. El vacío me devora, y yo, ciego y furioso, le lanzo mi último suspiro: una blasfemia hecha carne, un huracán de desesperación que destroza el silencio.

Bajo un sueño de marmol

  Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros, pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esquel...