viernes, 18 de julio de 2025

El festín del veneno

Las drogas no son meros polvos, ni líquidos suaves al tacto de la lengua: son bestias rugiendo en el intestino, invasores de carne y pensamiento. Son agujas clavadas en la médula del alma, llamas que devoran la conciencia y la transforman en un fuego infernal, loco, desbocado.


El cuerpo se vuelve templo profanado, altar de monstruos sin rostro. Cada inhalación es un conjuro, un pacto con la muerte disfrazada de éxtasis. La mente se fragmenta en mil pedazos, serpientes que se enroscan en las vísceras, bailando la danza macabra del delirio.


¿Y qué queda después del estallido? Cenizas, ruinas, un grito atrapado en la garganta que nadie escucha. La droga es un dios cruel, un tirano sin piedad que exige sacrificios sangrientos: el alma, el tiempo, la esperanza.


En la oscuridad se multiplican los fantasmas, y la realidad se descompone, se retuerce y se revuelca en su propio vómito. Los sentidos arden, se desangran, y el cuerpo, un campo de batalla donde la razón es aniquilada.


¡Oh veneno! ¡Oh monstruo! En tu abrazo infernal, el hombre es niño, esclavo y rey caído en el abismo. Y en el abismo, solo queda el silencio, el eco sordo de un grito que nadie quiere oír.


La última cucharada de azúcar

En una ciudad suspendida entre dos lunas —una que lloraba miel y otra que sangraba tinta— vivía Clara, una mujer que solo amaba a quien podía olvidar. Tenía el corazón hecho de porcelana rota, pintado con pinceles torpes y pequeños nombres que se evaporaban con la lluvia.


Un día, Clara encontró a Elías dentro de una taza de té. Literalmente: agitaba la cucharilla desde el fondo, como si nadara entre sueños de canela. Él le habló desde el remolino:


—No me bebas aún. Todavía no estoy listo para doler.


Clara, intrigada, dejó que se enfriara. Cada día, Elías subía un poco más, como un naufrago que ascendía por los labios del borde. Mientras tanto, Clara le escribía cartas en el vapor de la cocina, y Elías respondía con burbujas que estallaban en versos.


Al séptimo amanecer, él salió por completo y se sentó sobre la mesa, desnudo y hecho de azúcar. Ella lo amó de inmediato. No podía evitarlo: él sabía pronunciar su nombre sin romperlo.


Vivieron juntos dentro de una tetera. Allí las cucharas hablaban entre sí y los relojes caminaban hacia atrás para no interrumpir la ternura. Pero con el tiempo, Elías empezó a derretirse. Primero perdió los dedos, luego las cejas. Clara intentó conservarlo metiéndolo al congelador de las palabras dulces, pero era inútil.


Una noche, mientras la luna de tinta lloraba sobre el alféizar, Elías la miró con ojos ya diluidos.


—No me olvides aún —suplicó.


—No sé hacerlo de otro modo —respondió Clara, besándolo como si bebiera una despedida.


Por la mañana, lo revolvió con la última cucharada de azúcar en su café. Él se disolvió sin decir adiós. Clara lo bebió lento, dejando que el calor le quemara el pecho.


Desde entonces, a veces llueve té en esa ciudad, y en las gotas más densas, se oyen dos voces que no se alcanzan.


Y Clara… Clara nunca volvió a tomarlo con azúcar.

La habitación de los peces eléctricos

Él la amaba como quien inhala un recuerdo por la nariz: rápido, intenso y con un leve sabor a óxido. Se llamaba Lía, aunque a veces decía que su verdadero nombre era Menta, como si su identidad dependiera del estado de su lengua o de la dirección del viento. Se conocieron una noche en que la luna era un globo desinflado colgando de un hilo invisible, y la ciudad olía a plástico quemado.


Desde el principio, supo que no estaba hecha de carne común. Dormía en una bañera llena de gelatina azul, y tenía un pez beta tatuado en la pupila izquierda. Decía que las drogas eran solo llaves, no puertas, y que el amor era un insecto que mutaba al contacto con la sangre.


Una vez, mientras compartían un cigarro relleno de lágrimas secas, ella le confesó:

—Yo ya no siento. Solo floto entre los días. Como un diente sin raíz.


Después de eso, empezaron a consumir Alucinium, una sustancia ilegal que se tomaba en gotas y te hacía habitar tus propios pensamientos como si fueran habitaciones de hotel. Él cayó en la adicción con la esperanza de entenderla. Pero en vez de acercarse, la perdió entre pasillos interminables de recuerdos falsos, donde ella bailaba con otros hombres que también tenían peces en los ojos.


Una mañana despertó en una ciudad donde los semáforos latían como corazones y los árboles susurraban en esperanto. Había una carta clavada en su pecho, escrita con tinta hecha de saliva:


“No me sigas. He vuelto al agua.”


Él intentó encontrarla en todos los estados alterados: en la sobriedad, en la psicosis, incluso en el limbo de los comatosos. Visitó a un chamán que vivía dentro de una nevera abandonada, y éste le dijo:

—Ella es parte del sistema nervioso del mundo. No puedes poseerla. Solo recordarla mal.


Con el tiempo, dejó de buscar. Compró una pecera y la llenó de luces de neón. Dentro puso un pez eléctrico que no nadaba, solo temblaba. Cada vez que pensaba en ella, se sentaba frente al cristal y lloraba mercurio.


Ahora vive solo. Dice que el amor no se olvida: se disuelve. Como un ácido lento, como un sueño que se deshace en las costuras del tiempo. Cuando alguien le pregunta por Lía, responde:

—No era real. Pero aún me duele.

Lo que no se dijo

Clara encontró la bufanda de Daniel en el fondo del armario, justo cuando buscaba algo que no sabía que había perdido. Llevaba meses sin pensar en él, o eso se repetía cada mañana mientras se ajustaba los pendientes frente al espejo y salía corriendo al trabajo.

La bufanda aún olía a invierno. No al de afuera, sino al que habían vivido juntos: ese de películas bajo mantas, discusiones que terminaban en silencio, y abrazos que sabían más a costumbre que a refugio.

Lo que más le dolió no fue la ruptura, sino la forma en que ocurrió. Sin gritos, sin lágrimas, sin una palabra que sellara el final. Un día, simplemente, él dejó de volver. Y ella, como tantas veces, dejó de preguntar.

Ahora, con la bufanda en las manos, Clara entendió que el desamor no siempre llega con ruido. A veces se instala despacio, como el polvo, hasta que un día lo ves todo cubierto de una capa gris.

La dejó en el armario. No por nostalgia, sino porque aún no tenía el valor de tirarla. Y porque, tal vez, aún esperaba una explicación que nunca llegaría.

Último café

Ella removía el azúcar como si aún pudiera endulzar lo amargo. Él miraba por la ventana, contando los coches que pasaban para no contarle las verdades.

Cuando se levantaron, sus tazas quedaron casi llenas. Como ellos.

En tus ojos

En tus ojos se esconde el universo,

galaxias que giran al compás de tu risa,

y cuando me miras, el mundo se detiene,

como si el tiempo también te amara.


Tu voz, suave brisa que roza mi alma,

despierta los sueños que duermen en mí,

y en cada palabra que brota de ti

encuentro razones para seguir.


No hay noche oscura si estás a mi lado,

ni miedo que venza tu luz tan callada.

Amarte es como respirar sin pensarlo,

tan natural, tan dulce, tan clara.


Si el amor es un viaje, el destino eres tú,

y el camino se hace al ritmo de tus pasos.

Que me falte el sol, la luna, el azul…

pero nunca el refugio de tus abrazos.

Como si Fueras Luz

Te pienso en el silencio, cuando el mundo calla

Como el mar piensa al cielo al rozar la playa

Eres el instante que nunca se apaga

La luz que florece cuando el alma canta


Tus ojos, dos lunas en noches tranquilas

Mi norte, mi faro, mis notas, mi rima.

Y al roce de tu voz, mi nombre se alza

Como si el tiempo por fin se abrazara.


No se de destinos ni viejas promesas

Pero en tu mirada el amor empieza

Y si alguna vez la vida se apaga

Te amare aún en sombras, como si fueras llama.

Bajo un sueño de marmol

  Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros, pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esquel...