viernes, 18 de julio de 2025

Lo que no se dijo

Clara encontró la bufanda de Daniel en el fondo del armario, justo cuando buscaba algo que no sabía que había perdido. Llevaba meses sin pensar en él, o eso se repetía cada mañana mientras se ajustaba los pendientes frente al espejo y salía corriendo al trabajo.

La bufanda aún olía a invierno. No al de afuera, sino al que habían vivido juntos: ese de películas bajo mantas, discusiones que terminaban en silencio, y abrazos que sabían más a costumbre que a refugio.

Lo que más le dolió no fue la ruptura, sino la forma en que ocurrió. Sin gritos, sin lágrimas, sin una palabra que sellara el final. Un día, simplemente, él dejó de volver. Y ella, como tantas veces, dejó de preguntar.

Ahora, con la bufanda en las manos, Clara entendió que el desamor no siempre llega con ruido. A veces se instala despacio, como el polvo, hasta que un día lo ves todo cubierto de una capa gris.

La dejó en el armario. No por nostalgia, sino porque aún no tenía el valor de tirarla. Y porque, tal vez, aún esperaba una explicación que nunca llegaría.

Último café

Ella removía el azúcar como si aún pudiera endulzar lo amargo. Él miraba por la ventana, contando los coches que pasaban para no contarle las verdades.

Cuando se levantaron, sus tazas quedaron casi llenas. Como ellos.

En tus ojos

En tus ojos se esconde el universo,

galaxias que giran al compás de tu risa,

y cuando me miras, el mundo se detiene,

como si el tiempo también te amara.


Tu voz, suave brisa que roza mi alma,

despierta los sueños que duermen en mí,

y en cada palabra que brota de ti

encuentro razones para seguir.


No hay noche oscura si estás a mi lado,

ni miedo que venza tu luz tan callada.

Amarte es como respirar sin pensarlo,

tan natural, tan dulce, tan clara.


Si el amor es un viaje, el destino eres tú,

y el camino se hace al ritmo de tus pasos.

Que me falte el sol, la luna, el azul…

pero nunca el refugio de tus abrazos.

Como si Fueras Luz

Te pienso en el silencio, cuando el mundo calla

Como el mar piensa al cielo al rozar la playa

Eres el instante que nunca se apaga

La luz que florece cuando el alma canta


Tus ojos, dos lunas en noches tranquilas

Mi norte, mi faro, mis notas, mi rima.

Y al roce de tu voz, mi nombre se alza

Como si el tiempo por fin se abrazara.


No se de destinos ni viejas promesas

Pero en tu mirada el amor empieza

Y si alguna vez la vida se apaga

Te amare aún en sombras, como si fueras llama.

La escalera que olvida sus peldaños

Una ballena fuma en la biblioteca

mientras las palabras se derriten

como relojes en ayuno.

Las estanterías gritan nombres

que nunca existieron,

y un pez con sombrero de copa

lee a Baudelaire en braille de luz.


El cielo se desabotona

para dejar caer nubes en forma de cucharas,

que revuelven el café de los pensamientos

que nadie pensó jamás.

En una taza, una ciudad duerme,

sus calles son lombrices que tararean tangos

y las farolas bostezan tinta azul.


Un cuervo recita ecuaciones

en la lengua muerta del mármol,

mientras un maniquí, vestido de médula,

baila con una flor que llora cenizas.

Todo es normal

en la catedral de lo imposible,

donde los espejos no reflejan

sino recuerdan.

Amor en el Laboratorio de los Sueños

En un jardín donde las cucharas florecen,

y las nubes mastican pastillas de menta,

te vi —boca de relámpago,

pupilas hechas de LSD y promesas.


Bebíamos café de neón

servido por ángeles con jeringas en las alas,

y tú decías que el amor era

una cápsula tragada sin agua,

una ruleta rusa de dopamina.


Nos besamos con lenguas de humo

bajo un cielo pintado por Dalí,

mientras los relojes se derretían

sobre nuestros pechos desnudos

como si el tiempo también se drogara de ti.


Tus caricias eran anfetaminas,

latían rápido en mis venas,

y mi alma, drogada de tus pestañas,

viajaba en trenes que no iban a ningún lado.


Las mariposas eran psicodélicas,

nos susurraban secretos químicos al oído:

“no hay sobriedad en el deseo,

ni cura en la abstinencia del amor.”


Y cuando desperté en un hospital de espejos,

con tu nombre tatuado en mis neuronas,

me di cuenta:

no eras tú una mujer,

eras una sustancia prohibida

y yo un adicto al espejismo.

Órgano de Niebla

En el bolsillo de una nube

guardabas pétalos de LSD,

y yo, colgado del aliento de un cometa,

bebía tus pupilas dilatadas.


Tu risa era un caleidoscopio roto,

y cada fragmento me hablaba en lenguas

que sólo las luciérnagas sordas comprenden.

Te amé como se ama una sobredosis de sol.


Las paredes goteaban versos anfetamínicos

mientras tus dedos —caminos de opio—

dibujaban galaxias sobre mi pecho

con tinta de adiós y saliva de unicornio.

Amor,

esa palabra que huele a gas mostaza

y sabe a terciopelo mojado en morfina,

me cosía la carne con hilos invisibles

hechos de tus latidos acelerados.


Bailamos sobre la cuerda floja del insomnio,

con un corazón en cada mano,

y los relojes derretidos nos gritaban

que el tiempo era solo una alucinación compartida.


Luego desperté.

Pero aún sangraban mariposas

de la herida que dejaste

en la esquina más sucia de mi realidad.

Bajo un sueño de marmol

  Bajo un cielo de mármol que pesa en los hombros, pájaros de zinc cortan el aire como cuchillos oxidados. Las copas de los árboles, esquel...