Yo acuso
a los sacerdotes del dolor que predican la virtud del sufrimiento como si el cuerpo fuera una cárcel necesaria,
como si cada lágrima debiera ser ganada con sudor y espasmo,
como si el sistema nervioso fuera un tribunal moral.
Yo declaro
que el dolor físico no ennoblece.
Que el sufrimiento psíquico no educa.
Que no hay redención en la carne torturada ni epifanía en la ansiedad que asfixia a las tres de la madrugada.
Y en este abismo,
yo proclamo al Tramadol como arma blanca,
como hostia química,
como bálsamo hereje.
I. Del dolor como mentira funcional
El mundo occidental ha hecho del dolor una institución.
Lo administra. Lo regula. Lo niega si no se puede ver en una radiografía.
Si no sangras, no sufres.
Si no cojeas, no te creen.
Si no tienes fiebre, tu infierno no importa.
Pero hay cuerpos que chillan en silencio.
Y mentes que se retuercen sin ruido.
Ahí entra el Tramadol,
no como evasión, sino como interruptor.
Corta la corriente del tormento.
Apaga el fuego en las sinapsis.
II. Del Tramadol como conjuro moderno
No es una droga, es una invocación.
Es una fórmula.
Una alquimia.
Es la pastilla que se traga como una oración sin dios.
Y no calma sólo la rodilla rota.
Calma el pensamiento que se estrella.
La obsesión que muerde.
La memoria que no perdona.
¿Qué tiene de malo querer respirar?
¿Qué tiene de criminal querer dormir sin soñar con cuchillos?
III. Contra la moralina médica
Hay médicos que recetan con culpa,
farmacéuticos que entregan con juicio en los ojos,
psiquiatras que dudan si duele tanto como dices.
El dolor es político.
Y el Tramadol es desobediencia.
Porque el Estado del dolor exige ciudadanos sumisos,
que trabajen con migrañas,
que críen hijos con vértebras rotas,
que amen con traumas activos.
Yo elijo el Tramadol.
Yo elijo el derecho a la tregua.
Yo elijo no ser mártir.
IV. De la dependencia
¿Y si me vuelvo adicto?
¿Y si dependo?
¿Acaso no dependes del café?
¿Del afecto?
¿Del salario mínimo?
La dependencia no es el crimen.
El crimen es dejar sufrir a quien suplica alivio.
V. Última proclama
Reivindico el derecho a no sufrir.
Reivindico la química como aliada.
Reivindico la calma, aunque sea artificial.
No por débil, sino por humano.
No por cobarde, sino por hartazgo.
Y si este mundo no ofrece refugio,
que venga el Tramadol, con su capa blanca,
a apagar los gritos de mis huesos,
a arrullar las pesadillas de mi cráneo.
Este no es un manifiesto por la adicción.
Es un manifiesto por el alivio.
Por el cuerpo que quiere vivir sin castigo.
Por la mente que pide tregua.
Por el alma que, por un momento,
solo un momento,
quiere estar en paz.