mi chica no cree en los poetas.
dice que todos terminan borrachos o hablando demasiado.
yo le digo que probablemente tiene razón.
ella se ríe y sigue cortando cebollas en la cocina.
mi chica tiene esa manera de mirarme cuando vuelvo tarde, como si quisiera matarme y besarme al mismo tiempo.
a veces peleamos por cosas pequeñas:
el dinero, los platos sucios, mis cigarrillos, sus llamadas a medianoche.
otras veces peleamos por cosas enormes que ninguno de los dos se atreve a nombrar.
entonces salgo a caminar por la avenida con las manos en los bolsillos y la certeza de que soy un imbécil.
compro dos cervezas.
vuelvo a casa.
ella está sentada en el sofá leyendo una revista.
—¿ya se te pasó?
—sí.
—mentiroso.
y me deja sentarme a su lado.
mi chica no sabe que algunas noches la miro mientras duerme y pienso que quizá la vida no sea esa gran tragedia de la que tanto hablan.
quizá sea esto:
dos personas cansadas, una cama deshecha, un poco de café, facturas sobre la mesa y alguien que todavía te pregunta si has comido.
yo he pasado años buscando algo extraordinario.
ahora sé que lo extraordinario puede estar descalzo en la cocina diciéndote:
—compra leche cuando salgas.
y tú sales.
porque la amas.
y porque, por una vez, no quieres ser
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