Te amo a pesar de todo, carajo
Te amo.
Y no sé por qué.
No debería.
No es lógico, ni justo, ni sano.
Pero te amo.
Te amo con los dientes apretados,
con los ojos cerrados,
como quien se lanza a un pozo sabiendo que no hay agua.
Te amo con miedo, con rabia, con nostalgia,
con ganas de mandarte al demonio
y quedarme ahí contigo.
Te amo con mis manos sucias de tanto buscarte
en la cama vacía,
en los platos que lavas,
en las palabras que no dijiste.
Hay días en que me hartas.
Te juro.
Te quiero lejos, ausente, olvidada.
Y justo cuando creo que ya,
que te estoy sacando del pecho,
apareces
con cualquier tontería,
con una risa, con un silencio
y otra vez
me jodes.
Te amo con esa clase de amor
que no se parece a nada,
que no sirve para los poemas,
pero que existe,
que respira,
que se queda.
Porque a ti no te amo como en las canciones.
Te amo como en la vida:
con los errores,
con los lunes por la mañana,
con los recibos sin pagar,
con este corazón cansado
pero terco
como un burro.
Te amo sin promesas.
Sin poesía.
Sin futuro.
Pero con toda mi alma.
Y eso, créeme,
es mucho decir.