No sé si la habitación está cerrada o si soy yo quien está encerrado dentro de sus paredes.
Desde que amaneció, el techo me observa con su ojo blanco. No parpadea. Yo sí. Cada vez que cierro los ojos, algo cambia de lugar. La silla se acerca. La ventana se aleja. Mi nombre, que antes era una cosa sencilla, se ha convertido en un animal que corre por debajo de la lengua.
Hay voces.
No vienen de fuera. Tampoco vienen de dentro. Vienen de un lugar anterior a esas dos palabras, un lugar donde el cuerpo todavía no sabe que es cuerpo y la sangre escucha antes que el oído.
—Levántate.
No quiero levantarme.
—Levántate.
Entonces me levanto, porque la voz conoce una parte de mí que yo no conozco.
Camino hasta el espejo. Mi cara está allí, pero parece haber llegado antes que yo. La miro y siento una distancia insoportable, como si alguien hubiera dibujado mis ojos sobre el rostro de un muerto.
Abro la boca.
El muerto también.
Grito.
El grito no sale.
Se queda dentro del pecho, golpeando las costillas como un animal rabioso. Me doblo sobre mí mismo. Quiero arrancarme la piel para encontrar debajo otra piel, una verdadera, una que no escuche las paredes, una que no convierta cada ruido en una orden.
Pero no hay otra piel.
Sólo ésta.
Sólo este cuerpo que pesa demasiado y, al mismo tiempo, parece no pertenecerme.
En el pasillo alguien ríe.
La risa atraviesa la puerta.
Sé que hablan de mí.
Sé que saben.
Sé que han descubierto el mecanismo secreto que mueve mis huesos.
Entonces comprendo algo terrible: quizá no soy yo quien está enfermo. Quizá el mundo está enfermo y yo soy el único que puede oír cómo cruje.
La ventana tiembla.
La luz entra como una cuchilla.
Por un instante todo queda inmóvil.
Y en ese silencio, por primera vez en todo el día, no escucho ninguna voz.
Me quedo quieto.
Respiro.
Uno.
Dos.
Tres.
El corazón continúa golpeando, terco, absurdo, mío.
Y pienso que quizá vivir consiste solamente en esto:
seguir respirando mientras el universo intenta convencerte de que tu cuerpo no es tu casa.
Afuera pasa un coche.
No dice nada.
Esta vez, no dice nada.
Y esa pequeña ausencia de significado me parece una forma de misericordia.
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