Me arde la vida,
este don que no pedí, que no sé sostener.
La oculto durante el día, le hundo la frente en el agua, le apago el grito bajo la superficie.
Cierro el sol en las ventanas para que los espejos no aprendan mi rostro.
Las sombras reptan hasta mis pies, insisten en volver a la forma que perdieron.
Y entonces: los pájaros mudan en serpientes, late el terciopelo de la herida, las palabras echan raíz dentro de un pez sin memoria o en la pulpa intacta
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