así de simple.
como se olvida un vaso en el fregadero, una camisa vieja al fondo del armario, una llamada que nunca se devuelve.
me olvidó.
yo sigo aquí, en esta cocina que huele a humo frío y a café recalentado, mirando cómo el cigarro se consume más despacio que yo.
la ceniza cae como caen ciertas cosas: sin drama, sin música, sin que nadie se levante a impedirlo.
bebo. no porque ayude. nada ayuda. pero el alcohol por lo menos pone una sábana sucia encima de los recuerdos.
a veces la memoria llega como un cuchillo sin filo: no corta, raspa.
su risa en la puerta. sus piernas cruzadas en el borde de la cama. esa manera de mirarme como si todavía hubiera algo salvable en mí.
y después, nada.
solo el metal frío contra la piel, solo esa vieja costumbre de buscar dolor para tapar otro dolor.
la sangre sale sin hacer preguntas.
roja, honesta, más honesta que nosotros.
corre despacio por el brazo como si también ella quisiera recordar por dónde se fue todo lo que importaba.
ella me olvidó.
y cada hora es un cuarto vacío donde entro solo, me siento, fumo otro cigarro y espero como esperan los idiotas:
sin aprender nunca que algunas personas se van y no dejan ni siquiera la cortesía
de un fantasma.
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