las luces parpadean
como si supieran que no tengo para pagar la cuenta,
y la cerveza —
tibia,
igual que mi fe en la humanidad.
afuera llueve,
pero adentro duele más.
ella se fue hace tres inviernos
y dejó su cepillo de dientes
como si fuera una amenaza silenciosa.
desde entonces,
las mujeres entran,
se ríen de mis libros,
y se van antes del amanecer,
como debe ser.
yo escribo,
no porque tenga algo que decir,
sino porque no tengo otra cosa.
es eso o mirar la pared
hasta que me confunda con ella.
los poetas con traje
no entienden esto.
ellos creen que el dolor
es un ejercicio estético.
yo les digo que el dolor
es no tener cigarrillos a las dos de la mañana
cuando todo te pesa más que tus huesos.
no hay redención.
no hay dios.
no hay final feliz.
sólo este teclado sucio
y un corazón que todavía late
por inercia.
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