Mi lengua se me rompe en los dientes.
No es palabra: es hueso astillado.
Dentro de la cabeza
hay un teatro sin cortinas
donde los actores gritan sin garganta
y las luces son agujas
clavadas en los ojos del pensamiento.
Yo no pienso.
Me piensan.
Las voces no vienen de fuera.
Nacen como insectos
en la medula del silencio
y suben por las paredes del craneo
rascando,
rascando,
rascando.
Mi nombre ya no me pertenece.
Alguien lo usa
para llamar a un cuerpo
que a veces soy yo
y a veces es un hueco
sentado en la silla.
El espejo se abre como una herida.
Dentro hay otro
que respira cuando yo dejo de hacerlo.
El mundo dice: realidad.
Pero la realidad es un cuchillo
que gira lentamente
dentro del pensamiento.
Hay ciudades creciendo en mis nervios,
multitudes caminando por mis venas,
un dios enfermo
hablando a través de los cables del cerebro.
Y nadie ve
el incendio.
Solo yo escucho
cómo el cielo se quiebra
en pequeños animales de ruido
que caen
uno por uno
dentro de mi cabeza.
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