lunes, 6 de abril de 2026

Jardines vedados en llamas.

Jardines vedados en llamas.

Caen densos, como hierro líquido,

sobre la carretilla del tiempo.

Late la mirada, se estira en silencios,

y la tarde se seca

después de la lluvia.


¿En qué sueño descansas ahora?


Brotan tigres diminutos,

escarabajos que avanzan

como mareas rojas,

y guardan su secreto

hasta que rompe el alba.


En los balcones crecen hilos tensos,

una tarde suspendida,

cuerdas colgando del cielo,

margaritas vigiladas

por espinas invisibles.


Cascada, río, harapo.


Ayer regresa con el mismo pulso:

armas dulces que destilan miel,

y bocas de amapola

abriéndose paso

entre los tejados dormidos.

Te fuiste

Te fuiste para siempre… y no hubo ruido,

ni un adiós que pudiera sostener,

solo el hueco de todo lo vivido

derrumbándose lento en mi querer.


Se apagaron tus pasos en la casa,

la tarde se volvió gris sin razón,

y el silencio, que nunca me abrazaba,

aprendió a pronunciar tu nombre en voz.


Las promesas quedaron suspendidas,

como cuadros sin pared ni lugar,

y mis manos, de tanto estar vacías,

ya no saben a quién deben buscar.


Te fuiste para siempre… y aquí sigo,

recogiendo pedazos de los dos,

intentando entender por qué el destino

nos escribió en pasado el mismo amor.


Tal vez un día duela un poco menos,

tal vez aprenda al fin a soltar,

pero hoy, entre recuerdos y desvelos,

te sigo, sin querer, volviendo a amar.

Mi soledad

Mi soledad se consume en llamas ajenas.

Los minutos caen, insistentes, golpeando las paredes de un infierno sin ojos.

Arranco al fuego sus pétalos, como si fueran rosas encendidas.

El amanecer me roza en el filo tenue de la luz, pero no miraré al sol: habitaré la sombra, quieto, entre los antiguos fantasmas que me nombran.

Cuando la tarde se incline y el día se apague,

si el viento despierta, todo lo ausente, lo que el tiempo dejó atrás, girará en silencio,

acumulándose en ese rincón del corazón que nunca olvida.

a dormir entre restos

 Bajaré luego,

cuando me dé la gana, a recoger lo poco que dejé tirado en tu vida.

Meteré la mano por la ventana como un ladrón sin prisa, revolviendo tu cuarto ese cuarto pequeño, jodido, que siempre olió a derrota (incluso cuando yo estaba).

Ahora debe oler peor.

Frío, como tus manos cuando ya no decían nada, como esa manera tuya de quedarte mirando la pared mientras todo se iba al carajo.

La gata seguirá ahí, seguro, hecha un ovillo, durmiendo como si entendiera más que nosotros, como si supiera que todo esto no valía gran cosa.

Jardines vedados en llamas.

Jardines vedados en llamas. Caen densos, como hierro líquido, sobre la carretilla del tiempo. Late la mirada, se estira en silencios, y la t...