Ella dejó su cepillo de dientes y su olor a jazmín.
Él siguió poniendo dos tazas de café cada mañana.
La suya se enfriaba siempre primero.
Jardines vedados en llamas. Caen densos, como hierro líquido, sobre la carretilla del tiempo. Late la mirada, se estira en silencios, y la t...
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